En otrora los medios informaban sobre los porcentajes de las encuestas de opinión anticipando los posibles resultados electorales. Muy juiciosos, nos sentábamos frente al televisor para escuchar las propuestas de los candidatos en las franjas que les correspondía. Eran más interesantes en los debates que les tocaba confrontar y defender sus tesis de gobierno. Las campañas políticas eran más respetuosas que las de ahora, porque ni las ofensas, ni las calumnias, ni el espionaje, ni las amenazas, eran los platos fuertes del día. No estoy diciendo que fueran unas campañas diáfanas, porque en su mayoría no trascendían del proselitismo demagógico. Pero eran más soportables y creíbles porque había un poco de vergüenza que evitaba el cinismo de algunos. Las cosas cambiaron mucho en esta campaña electoral, tanto que nuestra atención está siendo desviada por la bajeza de reconocidos candidatos. Las coaliciones electorales a veces nos hacen sentir como si estuviéramos asistiendo a un circo preelectoral. Sus presentaciones en televisión se asemejan a los actos culturales donde teníamos que repetir libretos asignados y mal aprendidos para convencer al público de que no había ninguna farsa en la comedia. Sería interesante que alguna revista, como hace medio siglo lo hacía la “Alternativa”, publicara una sección que titulara “¿Qué hay de nuevo en Macondo?”. Si hoy buscamos en la radio, repasamos en las noticias o curioseamos en las redes, queriendo informarnos sobre los resultados de las encuestas, nos encontramos que han sido relevadas por lo circense. Abundan los comentarios, los descargos o las entrevistas para que los alfiles, jefes de campaña, aspirantes al congreso o los mismos precandidatos, expliquen la razón de sus ofensas con lenguaje de grueso calibre utilizado contra sus contendores. No tengo el coraje de repetir a vivo pulmón o transcribir vulgaridades, aunque figuren en los diccionarios, porque soy respetuoso de que el colectivo social prefirió reservar algunas palabras sólo para ofender a los enemigos. Me limitaré a insinuarlas mediante eufemismos. En las campañas políticas se está volviendo costumbre la mala maña del espionaje telefónico o la infiltración en las reuniones de los adversarios para editarlas y subirlas a las redes. Molesta, aunque hay que admitir que los seres humanos somos francos en conversaciones privadas entre amigos o decimos verdades cuando nos desinhibe la embriaguez. Pero a veces no surten efectos las malévolas estrategias, porque el público sabe que “los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. En el reciente caso fue inoficioso publicar en las redes el destello de embriaguez ajena. No podían hacerle más bombo a un caso cuyo protagonista pronunció un breve discurso de contundentes afirmaciones. Las funciones circenses también brillan por el irrespeto de quienes piensan que hacer alarde varonil con sus traspiés, comprometedores en asuntos de faldas e infidelidades, a la larga les otorga “prestigio” debido a que los aceptamos como intrínsecos con el poder. En el circo no faltó la coprofagia electoral como ostentación de poder, aún sin haberlo ganado todavía, donde el rey a su antojo expulsaría a los contrarios como tumbando piezas de ajedrez por encima de la voluntad popular. Los discursos de las campañas políticas no pueden valerse del lenguaje coprológico. La obscenidad, los aromas incómodos y el asco repelen en la interacción de los seres humanos. Ni la estercobilina, ni el escatol o el indol, jamás tendrán cabida en el ejercicio del poder. La mejor promesa que puede hacer un precandidato es que optimizará los pueblos con alcantarillado, así jamás mandará a nadie a los rebozados oscuros pozos sépticos. ¿Habrá que regalarles a tales precandidatos diccionarios y el libro de Carreño?
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