Con la coca al cuello

Rosa María Agudelo Ayerbe

El paro armado en el Catatumbo y los hechos violentos en la frontera con el Ecuador obligan a reorganizar las piezas del conflicto en nuestro país.

Es triste reconocerlo pero seguimos en guerra y no podemos convencernos de que nada pasa como lo plantean el ministro de Defensa o el comandante de las Fuerzas Armadas. Sí, ya no son las FARC las que ostentan el control territorial y se enfrentan con el Estado.

Tampoco son solo sus disidencias las que quieren conservarlo.

Ahora son múltiples actores disputándose las rutas del narcotráfico, actores que incluso estarían contando con el apoyo de los carteles mexicanos.

En el Cauca, en la época de las FARC operaban 1200 guerrilleros. Ahora pueden ser cerca de 150 hombres que se enfrentan entre sí para lograr el “monopolio” cocalero. Una vez pasen las luchas entre ellos, quien se quede con el dominio del negocio empezará a fortalecerse y tarde o temprano su objetivo será la fuerza pública.

Error garrafal fue creer que el narcotráfico era un delito conexo que desaparecería con las FARC. Colombia está produciendo más coca que en la época de Escobar y, sin las FARC, están en disputa las salidas: el Naya, el Micay, el Catatumbo y el Ecuador.

Hablar de erradicación voluntaria desconoce la magnitud del negocio, plantear métodos manuales también resulta ingenuo.

Sin duda recurrir a drones para realizar aspersiones puede ser la salida para implementar un método efectivo de manera más selectiva y menos dañina.

La erradicación de la coca debe ser tan industrial como su producción. Mientras haya coca, mientras sea ilegal y rentable no dejará de haber combates.

Esa es la realidad que hoy nos reta y que muchos “enamorados de la paz estable y duradera” quisieran tapar con un dedo.

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