Cambio, pero ¿a qué costo?

Juan Felipe Murgueitio

Cambio. Esa es la palabra de moda en estas elecciones. ¿Qué se quiere cambiar? Depende de a quién se le pregunte. Para algunos, todo; para otros, poco; pero todos quieren cambiar algo.

Los más radicales, o quizás los más desesperados, piden revolcón del tejido sobre el cual se ha construido Colombia, aún si eso significa prender en llamas la economía y la relativa estabilidad del país. Los más moderados esperan ajustes, mejoras, construir sobre lo construido.

Aunque es evidente que hay mucho camino por andar todavía, la realidad de esta nación hoy es muy diferente a la de hace 20 o 30 años. Si quejarse es fácil, aquí va lo difícil: El avance de Colombia en las últimas dos décadas es de primer nivel y tiene el potencial de crecer mucho más. En ese periodo de tiempo, somos junto a Chile el país latinoamericano que mejor desempeño tuvo en crecimiento económico.

El sistema de salud es uno de los mejores en el continente (cobertura de más del 97%). Los índices de cobertura educativa están por encima del 70% en educación media y 50% en educación superior; la inversión en este sector es la más alta en la historia actualmente.

Desde 1997 y hasta antes de pandemia, casi 15 millones de colombianos salieron de lo que se considera pobreza multidimensional (5 privaciones de 15 variables tenidas en cuenta en el cálculo).

A 2020, Colombia alcanzó la tasa más baja de homicidios en más de 40 años. El país superó varias guerras civiles, crisis económicas, un Estado casi fallido en la década del narcotráfico (1990) y lleva siglos avanzando a pesar de una violencia perpetua.

La segunda peor crisis migratoria del planeta, la pandemia y eventos tan inéditos como el primer huracán que golpea al país en su historia, dejó secuelas profundas, devolvió a una parte considerable de la población a un pasado más difícil, con menos oportunidades y más necesidades. Esto, sumado a años y años de violencia, de corrupción y de una clase política ciega y sorda, propiciaron un ambiente perfecto para que el populismo se aproveche del inconformismo, de la necesidad.

Como consecuencia, hoy el país tiene en frente una encrucijada histórica: por primera vez se pondrá en juego el modelo económico, la cosmovisión y el ADN de Colombia. El cambio prometido es hacia un sistema que ha fallado en todas partes donde se ha intentado, un programa de gobierno cuyos ejes son la miseria, hambre y una avanzada de corrupción que hacer ver la que se vive ahora como un juego de niños.

En Cali ya se demostró el 13 de marzo (elecciones Congreso) que una parte importante de la ciudadanía está dispuesta a recibir el cambio extremo e históricamente desastroso. También se demostró que una parte considerable de los votantes son apáticos. La decisión más importante de las últimas décadas está en manos de los indecisos y de quienes históricamente no han votado.

Ojalá este grupo no esté dispuesto a saltar al abismo del populismo y la destrucción institucional. Por el bien de Colombia y el Valle, esperamos que voten y si lo hacen, que voten bien.

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