Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Calor en la biblioteca

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Cometí la torpeza de invitar a mi vecino, un adicto del celular, a la Feria Internacional del Libro de Cali.

Después de perder media hora acompañándole en su búsqueda infructuosa de algún stand donde ofrecieran servicio de plataformas con libros virtuales en pdf, defraudado se aburrió y por fin se despidió.

Mi vecino estaba en un lugar equivocado, pero fue un error craso el mío al invitarlo.

Pretendí inducirle el amor por los libros, olvidando que somos de costumbres diferentes.

Soy de la generación del libro impreso y jamás entraré en la onda de leer textos publicados en formato de pdf.

Sin embargo, respeto las distintas formas de lectura que practiquen las personas, porque defiendo su libre desarrollo de la personalidad y su derecho a la intimidad, garantías constitucionales que merecen cuando usan sus smartphones o sus portátiles.

Ni siquiera sus parejas podrán vulnerar ninguno de sus dos derechos fundamentales. Si por casualidad alguien está imbuido leyendo un libro virtual, no lo podemos interrumpir y menos acercarnos en momentos de su acto solitario.

En cambio si hallamos a una persona con un libro editado en papel, nos dará confianza para iniciar con ella una conversación amistosa, tal vez, preguntarle el tema de la novedad literaria que lee o pedirle referencias sobre su autor.

Cuando algún amigo al solidarizarse conmigo me envía por correo el pdf del libro que necesito, pero que impreso se agotó en el mercado, al abrir el enlace para leerlo me sucede algo similar que cuando en una funeraria miro debajo del vidrio de la tapa del ataúd un rostro con rigidez cadavérica.

En cambio, el libro en vivo, es decir, en cuerpo y alma, nos seduce con su cubierta, tamaño, diseño y contenidos.

Cuando adquiero el ejemplar en físico, me sucede algo parecido a cuando conozco a una mujer, me enamoro desde que entro a la librería.

Convalido lo narrado por la balada de Heleno: me comporto como si el libro fuese la Chica de La Boutique.

Entonces lo compro, lo llevo a mi biblioteca y propicio su entrega impúdica despojándole de su cubierta.

Lo cortejo: lo ojeo, lo acaricio, lo abro, lo hojeo y le succiono el nectar que guardaba entre sus páginas.

En mi biblioteca será huésped de honor, listo para complacerme cuando lo necesite porque su amor será siempre fiel.

Cada que presiento la amenaza de la soledad, busco refugio en mi biblioteca y entonces siento los abrazos de los autores.

Definitivamente prefiero el calor humano de una biblioteca, que la frialdad sepulcral de una plataforma virtual.

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