Confieso que cuando detuvieron a Álvaro Herrera Melo y lo conducían hacia un puesto policivo, aunque trataba de evitar mis malos presentimientos, lo primero que se me vino a la cabeza fue el recuerdo de Víctor Jara cuando lo llevaron detenido al estadio de Santiago de Chile, porque lo consideraban peligroso, fichado porque era amigo de Salvador Allende y después andaba en las marchas entre los jóvenes, cantando con su guitarra y animando a su pueblo a que resistiera en esos momentos aciagos de septiembre de 1973.
Horas más tarde, cuando veo a Alvarito en un video viral, reventado y auto criminándose, me acordé de Pablo Diaz, el joven argentino de “La noche de los lápices”, que fue dejado libre a cambio de firmar una declaración de haber recibido “buen trato” en su detención.
¡Qué manía gramatical la mía del uso excesivo de las analogías! Haré un esfuerzo similar al que me curó de las muletillas cuando me iniciaba en este ejercicio intelectual.
Esta vez acudí a una auto terapia, cerrar mis ojos, sacudir la cabeza y recordar a Álvaro en sus mejores días. Como católico creyente confié en el poder de la oración y la voluntad divina que evitaría otra injusticia, pues ya bastantes teníamos y nos saturaban.
Retomé el ejercicio de la analogía, pero esta vez con el buen deseo: el suplicio de Víctor Jara fue en un país donde habían golpeado totalmente la democracia y el Estado de Derecho.
El caso de Álvaro sucedía en nuestro país que todavía no cae al abismo, se podía pedir respeto de los derechos fundamentales y procesales, en caso de su judicialización. Los temas musicales de Víctor eran militantes: “Hermandad de la victoria”, “El derecho de vivir en paz”, “Ya parte el galgo terrible” y otras desafiantes canciones.
A Álvaro lo conocí cantando los salmos en las misas de Santa Librada y como el mimoso estudiante cuyos condiscípulos siempre le expresaban su afectuosa amistad. Oliva Agudelo, su maestra de música en el bachillerato, se encargó de afinarle su vocación, hasta que él ingresó con talento musical y honores académicos a la Universidad del Valle.
El corno francés es el instrumento, que Álvaro eligió y que desafortunadamente, como dijera mi amigo José Urbano, le confundieron con un arma de vándalos. Olvidaron que ”los sonidos largos son usados para confundir a Satanás y los cortos recuerdan los suspiros del pueblo”.
Los músicos sólo saben alegrar espíritus, pero eso no quita que sus sonidos también sirvan para alentar la protesta. A quienes disparan armas no se le puede exigir que conozcan de instrumentos musicales.
Pero es muy desafortunado que por ejercer el artículo 37 de la Constitución Política, “Toda parte del pueblo puede reunirse y manifestarse pública y pacíficamente”, el nombre del músico Álvaro Herrera Melo diera la vuelta al mundo, con su rostro ensangrentado, su cuerpo golpeado y conducido esposado como un reo.
Pero estoy seguro de que su vocación y su brillante carrera, nos permitirán algún día leer sobre sus triunfos con una orquesta sinfónica de algún escenario del mundo.
Ese día, seguramente no muy lejano, su abogado defensor Sebastián Caballero, recordará que su litigio más honorífico, aclaro, no honoroso, haya sido el de haber logrado la libertad de Álvaro Herrera Melo.
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