Anteriormente con ofensas les provocaban vergüenza a los hijos y a los alumnos para que dejaran la apatía o su desobediencia. Los ofendían para que asimilaran ideas ajenas o actuaran contra su voluntad. Entre los adjetivos usados como castigos morales contra el espíritu, figuraban: “zurrón”, “majadero”, “bobo”, “atolondrado”, “atembado” …y otras laceraciones de cuyos términos no quiero acordarme. Había una ofensa que laceraba más que cualquier fuetazo o reglazo: “imbécil”, adjetivo desagradable y mal sonante que impacta más psicológicamente, que humilla al ser humano. Entonces a acabar con las ofensas porque el ejemplo debe ser principio educativo universal.
Quienes lideran los grupos sociales son los más llamados a ser modelos de respeto hacia las personas a su cargo: el gobernante, los funcionarios, los comandantes, los maestros, los padres de familia y los tutores. Ellos antes castigaban u ofendían para lesionar al ser humano en su integridad y dignidad. Pero eso cambió. Ahora, sancionan a los docentes por frases imprudentes que las autoridades consideren ofensivas contra sus alumnos. A muchas parejas les han concedido el divorcio por causa de la violencia intrafamiliar protagonizada con el maltrato verbal.
Varios padres de familia han perdido la patria potestad por idéntica causal contra sus hijos. Pero en la Colombia polarizada ofender se está volviendo una costumbre entre contradictores. Lo grave es que haya personas que creen que el poder les faculta para insultar a los gobernados considerados sus súbditos. Y lo más inaudito es cuando quien debe ser modelo del máximo respeto público usa el lenguaje propio del dictador vecino. A veces el dictador promete no volver a usar el adjetivo del insulto.
Las campañas de cualquier índole sean los debates políticos o las ejecuciones administrativas, no serán exitosas cuando se pretenden apuntalar mediante insultos. La salud requiere de la persuasión científica, más que de la fuerza verbal para aterrorizar o ridiculizar a los desobedientes. Las amenazas tampoco darán cabida a la razón, porque la acción y la reacción también quedaron proscritas como estrategias educativas. Los insultos siempre serán el caldo de cultivo de la violencia, cosa que no puede institucionalizarse si aspiramos la paz colectiva. ¿Por qué no relevar los insultos con poesía? Hay dos recomendaciones que sería bueno tener en cuenta antes de insultar a las demás personas: primera, busquemos citas famosas contra los adjetivos ofensivos y, segunda recomendación, acudamos al valor sublime de la poesía.
Decía Honorato Balzac que “un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares”. Por su parte, Aldo Pellegrini, dice que “la ostentación de poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma”. Quien lacera usando el adjetivo “imbécil”, si supiera el origen etimológico, seguro desecharía tal palabra.
En países de habla hispana para ofender dicen “imbécil”, el adjetivo lo extendieron a debilidad de la mente. Pero, originariamente, en su raíz, significaba bastón, “báculos” palabra en latín. Entonces, “imbecillis” era alguien sin bastón. Era un ser que no tenía apoyo, que hacía parte de los débiles.
En Roma los esclavos eran marginados del apoyo, porque el Estado no los consideraba personas. En conclusión, el jefe que señale de imbéciles a sus subordinados públicamente estará reconociendo su responsabilidad en la marginalidad de estos.
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