Rodrigo F. Chois

A propósito del Titán

Rodrigo F. Chois

“El hambre es la mejor de las salsas”, frase contundente para cuando experimentamos hambre y cualquier comestible es bienvenido y apreciado.

Pero una vez saciado el apetito; el placer –si se pudiese medir esta emoción- se viene para abajo.

Ya nos interesan otras cosas.

El apetito básico ha sido colmado y nuestra necesidad se transforma en otra, de un mayor nivel si se quiere.

Primero satisfacemos nuestras necesidades básicas… ¡Las de subsistencia! Y entre estas por supuesto que incluimos las actividades que además de comer, dormir y proteger nuestra piel del frío buscan perpetuar la especie.

Luego, según Maslow el autor de esta teoría, buscaremos seguridad y estabilidad. Aquí es cuándo el dinero hace su aparición en el escenario.

Y si tenemos la suerte de lograr lo anterior, entonces clamaremos para que Cupido nos visite con su arco y flechas y nos presente una media naranja.

Y es posible también que intentemos rodearnos de amigos y familiares para sentir afecto y tal vez un sutil sentido de pertenencia.

Si llegamos hasta aquí, ¡Somos bendecidos!

Pero la cosa no siempre para ahí.

Es cuando surge un deseo de ser reconocidos por los demás.

Y, según esta hipótesis, el anhelo de la autorrealización, palabra compleja y con muchas aristas que en millonarios excéntricos puede significar la realización de actividades cuestionables que desafíen la ley y la cordura; que les permitan ser y sentirse dueños de un estatus inalcanzable.

Abundan ejemplos como las películas siniestras Hostel -¡¿total ficción?!- o sucesos reales como la desgracia del submarino Titán.

Como fuere, la única verdad es que las necesidades y la rimbombancia humanas serán siempre infinitas.

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