En la niñez nos inquietaban aquellos dibujos de dinosaurios que ilustraban los libros de ciencias. En cambio, mi astuto nieto Daniel Felipe, con admiración y naturalidad, ayer reenvió a mi WhatsApp un video de un dinosaurio que “irrumpió” en una reunión de la ONU para advertir sobre la extinción humana. “Provocar su propia extinción en setenta millones de años, es lo más ridículo que he escuchado –aseveró a los presentes el gigantesco lagarto prehistórico-. Salven a su especie antes de que sea demasiado tarde”. La anécdota refleja el abismal cambio generacional, que me recordó cómo a los niños nos asustaban con el infierno, aquel suplicio de fuego que compartiríamos con Satanás si nos condenábamos a las brasas por cometer pecados mortales. A la otrora inocencia infantil le aterraba llegar a ser excluidos de la réplica celestial con las acostumbradas delicias edénicas, parecida a la belleza y la frescura de la naturaleza de entonces. No mentíamos porque queríamos pasar directamente al cielo anunciado, del que ya teníamos pruebas naturales anticipadas aquí en la tierra. En cambio, a la niñez de medio siglo después, ya no le asusta, porque los depredadores del planeta ya se lo ensayaron anticipadamente con el calentamiento global. Mi nieto, para complementar su osadía, recordándome que un día le dije que era pecado mentir, me remató aseverando que “quería se lo llevara el diablo porque así conocería la región infernal del Ártico, porque estaba casi seguro de que allí quedaba el mismito infierno”. El hombre no quiso esperar un infierno en el “más allá”, prefirió destruir el planeta para construirlo aquí en la tierra.
La literatura advierte que el único planeta habitado es víctima de los seres humanos que abriga. “Enseñen a sus hijos – escribió el Indio Piel Roja- que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurre en la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra”. “A las tierras sin nombres y sin números/ bajaba el viento desde otros dominios/ traía la lluvia hilos celestes/ y el dios de los altares impregnados / devolvía las flores y las vidas”. (Canto General. Pablo Neruda). Si la tierra fenece, los demás planetas seguirán vivos en espectacular equilibrio cósmico. Vergonzoso que haya científicos dedicados a estudiar posibilidades de vida en otros planetas, mientras los poderosos siguen destruyendo la tierra. El dinero y el poder obnubilan, que los gobernantes no se inmutan del apocalipsis de su autoría. Desde el domingo 31 de octubre, hasta el viernes 12 de noviembre, en Glasgow Reino Unido, se celebra la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP 26. Es el último foro político global de más alto nivel sobre el cambio climático, desde la Cumbre de la Tierra en 1992. La catástrofe se avecina con pasos de animal grande. Una señal de auxilio está en el polo Ártico, que ha perdido en sólo tres décadas 28.000 millones de toneladas de hielo. Es un fenómeno derivado del maltrato que el mismo hombre le da al planeta. Llegó la hora de parar la catástrofe anunciada, que se manifiesta porque los poderosos depredadores no asumen responsabilidades, pero que son señales de emergencia roja de un inminente colapso global. Lo anuncian los desastres en Brasil, Canadá, Madagascar, China, Rusia, Estados Unidos, Colombia y otros países. Si no trazan estrategias para en 2030 reducir en un 45 por ciento las emisiones de carbono, hasta lograr porcentajes de cero en 2050, haríamos caso omiso al video del dinosaurio que nos advierte nuestra estupidez humana. A parar la catástrofe.
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