A tres semanas de la primera vuelta de la elección presidencial, el ambiente electoral es apático y ajeno; pasamos de un ambiente gélido a uno en el que se debate sobre mermelada, chuzadas y dineros calientes.
Pareciese que no se estuviera tomando la decisión más importante para el futuro del país.
El debate está marcado por las imágenes que proyectan los medios de comunicación y no por los programas e ideas de los candidatos; las múltiples encuestas alteran la percepción de la realidad electoral para intentar manipular a los indecisos a favor de un candidato u otro.
La situación sólo beneficia a un candidato: al candidato presidente, quien cuenta con el aparato estatal, el generoso presupuesto de la Nación, un equipo de gobierno haciendo campaña, cuatro años de exposición mediática y una importante alianza electoral con el 70% de la clase política a través de los partidos de la Unidad Nacional (U, Conservador, Liberal, Cambio Radical y Opción Ciudadana).
Es el retorno del Frente Nacional, donde los partidos Liberal y Conservador se dividieron el poder bajo la premisa de alternancia (cuatro años un partido en la Presidencia y cuatro el otro durante 16 años) y paridad (igualdad en los cargos y contratación pública). La Unidad Nacional es la reedición moderna del Frente Nacional.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su libro El Gatopardo, acuñó la frase: “Si queremos que todo salga como está, es necesario que todo cambie”.
Es momento de afrontar una pregunta crucial: ¿queremos que todo siga igual, queremos que todo cambie para que nada cambie o realmente queremos hacer lo necesario para tener el país que queremos y podemos tener? Debemos ir más allá de las encuestas y abrir el corazón a la esperanza.
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