“Tendremos una sorpresa”, me aseguró mi hermanita, anticipándose a una buena noticia. Y remató: “Tengo la esperanza”.
“La fe”, corregí yo, al escucharla tan segura.
Fe: “La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, la definió un compañero de trabajo, citando el versículo del libro de Hebreos en la Biblia.
En ese entonces, él y yo trabajábamos en una multinacional de seguros. Él, siguiendo su vocación, tomó el camino recto y hoy es pastor.
Yo, en cambio, aunque opté por un sendero quizá no tan virtuoso, sigo abrazando esa definición.
Desafortunadamente, tener fe hoy ya no está de moda. Lo que sí goza de prestigio es la ironía disfrazada de inteligencia.
Vivimos en una era en la que intentamos convencer a los niños de que lo racional es lo correcto, lo visible es lo real y lo comprable es lo valioso.
La fe, esa vieja necesidad de los ingenuos, según algunos; ha sido desterrada al baúl donde escondemos los milagros.
Sin embargo, en medio del ruido digital, la ansiedad creciente y el desarraigo afectivo; la fe es justo lo que más nos hace falta.
Tener fe hoy no es señal de debilidad, sino de rebeldía. Cuando todo nos empuja a no creer, cuando el algoritmo solo alimenta dudas y comparaciones, el que cree resiste.
No por ignorancia, sino por decisión: La madre que ora por su hijo en urgencias, el emprendedor que persiste, la mujer que vuelve a confiar después de una traición… todos ellos somos rebeldes.
Y si el mundo se burla, mejor, porque entonces sabremos que no estamos obedeciendo al mundo.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar







