Un mayo como este, pero de hace veinticinco años, comencé esta aventura editorial semanal en el Diario Occidente. Ha sido un singular ritual ininterrumpido, una sutil catarsis de emociones y un muy querido ejercicio mental.
“¿Cómo llamarás tu columna?”, me preguntó Fabio Rodríguez, entonces director del periódico. Cosa compleja, medité. Tan difícil como elegir nombre para un hijo o título de un libro.
“La llamaré Mundus, porque voy a escribir sobre lo humano y lo divino”, respondí. “Sobre todo y nada, para ser preciso”, pensé para mis adentros.
“¿Mundus?”
“Sí, Mundus. Tal como se llamó el agujero que cavó Rómulo, mientras su hermano Remo y los demás hombres que lo acompañaban miraban intrigados”. Y añadí: “En esa fosa, todos arrojaron un poco de tierra de sus orígenes como un acto simbólico de mezcla de historias, lenguas y nostalgias para fundar Roma”.
Me pareció el nombre perfecto: así, cada semana lanzo a mi Mundus de papel palabras venidas de mis propias tierras interiores: ideas, preguntas, ironías, melancolías.
Ese espacio simbólico donde caben la política y la poesía, los escándalos del mundo y los dilemas morales. Todo cabe, si lo lanzo con estilo.
Y tal como Rómulo y Remo secuestraron a las sabinas para completar lo femenino en su creación, yo también he raptado frases al vuelo, ideas del caos y silencios convertidos en texto. Porque escribir también es raptar… secuestrar palabras y darles sentido.
En estos veinticinco años he visto pasar gobiernos, desfilar modas, mutar afectos y partir personas especiales. Y, sin embargo, aquí sigo, cavando mi Mundus simbólico cada semana.
Porque escribir es un ritual, una forma de insistir… una apuesta a la permanencia.
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