En alguna ocasión, cuando cursaba estudios de Derecho, asistí a un encuentro de literatura organizado por la Universidad del Valle, donde estaba invitada la novelista Laura Restrepo.
El conversatorio se desarrolló con un nivel intelectual de gran calibre.
Quien conversaba con la invitada era la poeta Carmiña Navia, quien mostraba manejo del lenguaje, conocimiento de literatura, de forma magistral.
Desde allí quedó grabada en mi memoria su imagen y la forma de su hablar algo pausado, y de vez en cuando la encontraba en alguno que otro espacio académico, sin cruzar palabra con ella.
Cuando tuve la posibilidad, al ocupar un cargo relacionado con la cultura de la ciudad, consideré necesario re editar obras de escritores, poetas, ensayistas que publicaron años atrás, pero que se perdieron con el implacable paso del tiempo y que, al volverlas a publicar se les homenajeaba, además de que se conocieran en las manos de los lectores nuevos que acuden a las bibliotecas públicas.
Una de las invitadas en este fondo editorial de la caleñidad fue la maestra Carmiña Navia, a quien pedí que seleccionara de su obra una de ellas para que fuese reeditada, y escogió (sin vacilar) el poemario “La niebla camina en la ciudad”, que ahora tengo en mis manos, como una medalla, mientras escribo estas palabras, al saber que Carmiña ingresa a la Academia colombiana de la lengua, como una de esas voces femeninas representativas de la literatura nuestra.
Abro el poemario y encuentro estos versos: “Miré el fondo de un vaso/ sin querer/y encontré el mundo/y tu sonrisa/reflejado en mis dedos”…
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