Terminaron los vuelos celestiales. Finalizado agosto la nostalgia nos embargará nuevamente, porque las cometas se despiden de los cielos.
Si no hubiéramos salido a mirar las cometas revoloteando entre las nubes, seguramente no hubiésemos escuchado el silbido de los vientos proveniente de las colinas y tampoco percibido la caricia de la brisa.
Añoraremos los arbustos humanos, que en galladas colmaban las colinas con sus cometas de colores. En las tardes los niños llegaban de sus talleres domésticos, donde ayudados por sus padres, pulieron delgadas varillas de madera, recortaron papelillo y con engrudo vistieron su cometa.
Llegaban y desenvolvían la manija con ansiedad, buscaban corrientes de aire, levantaban sus bracitos, aplicaban fuerte jalón y con gritos y sonrisas despedían sus cometas para el largo viaje hacia las nubes. Entonces en sus corazones se escuchaban latidos más fuertes.
En pocos minutos los cielos se llenaban de cometas de todas las formas y colores: triangulares, cuadradas, hexagonales, pájaros y hasta los escudos de los equipos amados volaban en el infinito.
Llegaban centenares de cometas que dieron ejemplo de fraternidad y tolerancia: ninguna agredió a otra y los suaves coletazos que por casualidad se rozaron, los tomaban como simples coqueteos.
Hubo cometas ariscas. Otras que parecieron mecerse en hamacas de nubes. Algunas hicieron su siesta y taciturnas adormecían toda la tarde.
Los ingeniosos niños creadores de sus propias cometas, para complementar sus obras de arte, les enviaban telegramas en boleticas de papel a través de las pitas. Cuando termina agosto, toca esperar otro año más para volver a gozar de esa tierna fantasía.
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