Singapur es el país más pequeño del sudeste asiático, con una población de alrededor de 5 millones de habitantes; cuarto centro financiero más importante del mundo y preponderante en el comercio internacional y la economía mundial.
Posee un PIB per cápita de casi 40 mil dólares por habitante. Tiene una esperanza de vida de 82 años; el 93 por ciento de su población es alfabetizada.
Su economía depende fundamentalmente de las exportaciones y el refinamiento de importaciones, gracias a una infraestructura maravillosa.
Es un destino turístico grandioso con más de 12 millones de turistas por año. Y pensar que hace unos 50 años, este pequeño país, compuesto por 65 islas, era una nación paupérrima en extremos inimaginables. Logró salir adelante gracias a su decisión de buscar la excelencia, sin politiquería y sin corrupción.
Hoy el 18 por ciento de su gente es multimillonaria.
Traigo a colación este tema para compararlo con Colombia, un país más inmenso, con todas las posibilidades de riqueza, océanos, naturaleza, etc., etc., con una existencia de muchos más años como nación, donde podríamos ser una potencia superior a Singapur, y no hemos podido porque no ha sido bien gobernada. Tenemos índices terribles de pobreza, de analfabetismo; su sistema educativo y de salud, son pavorosos.
El desempleo da miedo. Es uno de los países donde teniendo un puerto como el de Buenaventura, con salida al Pacífico, poco se han preocupado por construirle carreteras de alto rendimiento, aun cuando ese problema de infraestructura es un mal general. Nuestra cultura política está sustentada en la ‘mermelada’ dada a quienes aprueban reelecciones y legislan para una rosca minoritaria. Nuestro principal producto, el café, en el piso… Pero seguimos felices.
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