Uno de mis recuerdos indelebles de infancia es haber conocido el taller de “Tejadita” y conversar con él algunas tardes.
Como tenía que desplazarme a pie desde la ciudad hasta la vereda Terrón Colorado, que sólo contaba con un bus escalera cada dos horas y transportaba pasajeros, me gustaba caminar por el andén donde había visto a un “carpintero”, creía yo que empezaba a identificar los oficios que hacían en los talleres, y lo comparaba con Geppetto, sin sospechar se trataba de un escultor famoso.
Yo andaba por los doce años de edad y el artista rondaba los cincuenta. No fue difícil cruzarnos palabras amistosas porque desde pelado soy muy preguntón y Tejadita con ese corazón de artista quería ser secundado por los niños admiradores de las artes plásticas.
El artista enrojeció con mi inesperada pregunta sobre el por qué hacía en madera esas mujeres crespas y con el torso desnudo. Amable me respondió que para “que lo acompañaran en su soledad porque él aún era soltero”. Que además, creadas por él mismo y no extraídas de una de sus costillas, serían más cariñosas.
Me hice el invitado cotidiano, sin disgustarle mi acostumbrada presencia, que más bien me asemejaba al inspector que revisaba su trabajo.
Solamente comprendí su dimensión artística cuando inauguraron la nueva sede del Museo de Arte Moderno La Tertulia y expuso una de sus mujeres que le había descubierto en su acto creador y esta aparecía en los periódicos.
En el centenario de su natalicio sólo le pido al Gobierno que la memoria de Hernando Tejada “Tejadita”, no le sea indiferente.
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