Acosadores y acosados

Molestar al prójimo puede brindar cierto tipo de placer, gusto o satisfacción. Algo parecido a lo que experimentan los sádicos cuando ponen en práctica sus turbados y encarnados ritos. Pero cuando somos nosotros mismos el objeto de los hostigamientos, el blanco mismo de las flechas de la mortificación; a menos que seamos masoquistas irredentos -pareja perfecta para un sádico-, el acto en cuestión pasa de blanco a negro. Y si se suma a lo anterior la \”susceptibilidad\” a flor de piel, la pesadilla se puede volver insoportable para la víctima en la misma medida en que se hace gustosa para el torturador. \”No hagas caso si te molestan\”, aconsejan las madres. \”¡La indiferencia es la mejor arma!\”, continúan ellas. Incluso he escuchado el consejo de que se pague con igual moneda al fustigador; lo cual puede funcionar cuando el acoso es escolar y el freno nace de los pares del infantil abusador. Pero existe una situación extrema: cuando al hostigador le es indiferente ser él mismo el blanco de las ofensas. Y se torna más extrema aún si las ofensas del hostigador van dirigidas a grupos fundamentalistas. La película \”La inocencia de los Musulmanes\” es ejemplo de una afrenta a la dignidad del Islam que solo pueden juzgar en su medida los seguidores del Profeta. ¿Cómo podríamos entender los occidentales el malestar causado? He visto en Occidente producciones tan irreverentes deshonrando lo que nos es supuestamente sagrado sin que exista clamor alguno. Incluso hay una película comercial americana titulada Shortbus en la que tres gays \”acoplados\” en amoroso trencito cantan en coro el himno de los EEUU. Ante esto, ¿qué puede esperar el pueblo musulmán de un Occidente que ni se inmuta si es él mismo el blanco de burlas? rodrigofernandezchois@hotmail.com

Comments

Cargando Artículo siguiente ...

Fin de los artículos

No hay más artículos para cargar