Luis Ángel Muñoz Zúñiga

El olvido que seremos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

“El olvido que seremos”, del director español Fernando Trueba, con guion basado en el libro homónimo de Héctor Abad Faciolince, llegó esta semana a las salas de cine.

Antes de referirme a este filme, presento unas notas pertinentes. Las otrora salas selectas presentaban cine de 3.30 pm, 6.30 pm y 9.30 pm, en su mayoría con censura, sólo para mayores de 21 años y proyectaban una película de estreno.

Distinta era la programación de las populares: había cine continuo todo el día, con la misma boleta podíamos repetir las dos películas de vaqueros o las mejicanas, sin desalojar la sala, mientras el proyectista cuadraba los rollos había intervalos para que consumiéramos papas rellenas con gaseosa y resistiéramos la larga tarde de ocio.

Capábamos clase metiéndonos a una sala de cine continuo, calculando corriera toda la jornada escolar. Regresábamos orondos a casa después de la “extenuante jornada académica”.

Años más tarde, cuando vino el video muchos se ausentaron de las salas convirtiéndose en cinéfilos de teatro en casa. Así como había hinchas futboleros de radio, surgieron los cinéfilos de video.

Bueno, consideré necesaria esta evocación para hacer más comprensible mi referencia, porque en “El olvido que seremos”, hay cine dentro del cine y Héctor Abad Gómez era cinéfilo que le cultivaba la pasión al hijo.

Por el cierre temporal de los cines debido al Covid-19, yo llevaba varios meses aburrido debido a la ausencia de una sala gigante con penumbra, para entrar a cine acompañado, porque no me gustan los placeres solitarios.

Mis novias platónicas conmigo cultivaron cultura sobre el buen cine. Mi padre me concientizó que asistiera al templo del ritual, ofrendando con la boleta a los profesionales que trabajan con la “máquina de fabricar sueños”, que nos transporta a mundos fantásticos: guionista, productor, director, camarógrafos, actores y asistentes.

Camino a la sala de cine reabierta esta semana, me sentí como quien vuelve a casa y espera lo reciban con un exquisito manjar.

Oré para que me exhibieran una buena película que calmara mi apetito por el séptimo arte. Escogí el único plato especial ofrecido: “El olvido que seremos”, confiando en la sazón cinematográfica de Fernando Trueba.

Degusté de su reciente película: la adaptación del guion fiel a la intención de Abad Faciolince con su novela, la ambientación exacta de las épocas, el encuadre perfecto de los planos, la actuación de actores excelentes, la fotografía pulcra y, sobre todo, que todos confluyeron con éxito en la difícil tarea de revivir al personaje de manera auténtica.

Héctor Abad Gómez se autodefinía como cristiano en la fe, marxista en economía y liberal en política, cosa que sacaba de casillas al clero, enfurecía los comunistas y ponía azules a los liberales.

“El olvido que seremos” narra la vida del médico Héctor Abad Gómez en familia, al esposo amoroso, al padre libertario, al abuelo cariñoso, y reivindica al columnista que denuncia y al defensor de derechos humanos.

La escena fundamental muestra el crimen de que fue víctima en Medellín el 25 de agosto de 1987, cuando llegaba a la velación del dirigente sindical Felipe Vélez, presidente de ADIDA.

A pesar de ser filmada a comienzos del 2019, antes de la pandemia y del estallido social, sus escenas parecen de los últimos días de convulsión en Colombia: comunidades marginadas, misión social de la universidad, protestas pacíficas, veto a la libertad de cátedra, estigmatización de los líderes sociales, desapariciones forzadas, atentados criminales, hacinamiento de hospitales, campañas sanitarias y de vacunación.

Nos infiere que durante cuatro décadas en nada ha cambiado la realidad de nuestro país.

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