La Minga Indígena no se ha ido

Paola Andrea Arenas Mosquera

La Minga Indígena no se fue, no se ha ido y no se irá. Los indígenas de Colombia están en resistencia, siempre lo han estado y nos dicen que lo estarán “hasta que se apague el sol”.

Según la ONG Indepaz, desde la firma de los acuerdos de “Paz” en 2016, en Colombia han sido asesinados por lo menos 300 líderes indígenas y 600 líderes campesinos, afro y sindicales. A eso se suma la situación estructural de los indígenas del País, que representan un 5% de la población de casi 50 millones de habitantes. Reporta la ONU que de los 66 pueblos indígenas del territorio, 34 están en vías de extinción; y, según cifras oficiales, la pobreza en poblaciones indígenas es del 63%, el triple que el promedio nacional.

El pasado 1º de mayo llegaron procedentes de distintos resguardos indígenas del departamento del Cauca, los llamados “refuerzos” a la resistencia promovida por organizaciones sociales que el pasado 28 de abril, con gran participación de los jóvenes del Valle del Cauca, fueron los protagonistas de las protestas.

Las concentraciones de por lo menos 14 puntos neurálgicos llamados de resistencia, obstaculizaron la movilidad en Cali, literalmente sitiada con controvertidos bloqueos donde la presencia del ESMAD también desencadenó desmedidas respuestas represivas que dejaban ver los violentos enfrentamientos de fusiles y gases contra piedras. Aún son indeterminados los muertos por cifras no esclarecidas y las desapariciones. Serían al menos 29 civiles en el Valle del Cauca y un uniformado.

Ante el recrudecimiento de este panorama tan violento donde repito, fue la juventud el principal actor del descontento, el pueblo indígena se unió a la primera línea de los puntos de resistencia, encontrando poca empatía en una buena parte de la sociedad caleña incómoda con lo que llamaron un “secuestro” al sentir que no podían moverse de sus lugares de residencia. Era para ellos algo así como tener la “casa por cárcel” y el miedo desencadenó en rabia al ver tan vulnerada su movilidad. Mientras tanto los palos se sumaron a las piedras, esto no era una mesa de diálogo porque no había con quién dialogar y las calles de los lugares sitiados, sobre todo de Cali, fueron por 12 días un campo de batalla.

No me alcanza esta columna para hablar de los “refuerzos” de las autodefensas urbanas a bordo de camionetas y motos que quedaron evidenciadas en grabaciones de ciudadanos inermes, o para analizar el fenómeno de las guardias civiles de camisetas blancas y de cómo nos comportamos quienes no estábamos en primera línea ni en la guardia indígena. Tampoco para analizar desde la cosmovisión de otra cultura, la relación causa-efecto de una reacción que alguien pueda denominar “vandálica” al ver acabar a palo y piedra los parabrisas y la integridad de los vehículos alineados para ejercer la otra resistencia.

Escribo esta columna después de escuchar las declaraciones y voces de “seguimos con ustedes”, emitidas por distintos integrantes de la Minga Indígena en su simbólica despedida; y después de leer y analizar el testimonio del representante a la Cámara Jhon Jairo Hoyos, testigo ocular de uno de los más críticos días de este aleccionador paro, quien se encontraba justo en el puente de La Viga, sobre la avenida Cañas Gordas, que conduce a las ciudades de Cali y de Jamundí.

La mayoría de juicios que hacen hoy los ciudadanos de Cali sobre la presencia de los indígenas en nuestra Ciudad, han sido elaborados a partir de un video que les llegó al chat de su celular o se viralizó en las redes. Ví muchos editados en los que hasta las detonaciones de las armas de fuego -que fueron reales y por las que hoy no hay ningún capturado-, se les atribuyeron a los taitas y las mamás que incluso tejían desde los techos de las chivas en marcha y también se tiraron al pavimento para proteger su vida cuando la balacera se armó.

La historia irá desempañando el vidrio desde el que cada uno observó, opinó y juzgó

…Yo me quedo con los himnos alegres que entonaron a su paso por Cali los y las indígenas. Con las imágenes de sus jóvenes entregando plátanos, papas y alimentos traídos desde sus resguardos, en las paradas de los semáforos y en los puntos de resistencia.

Me quedo con los testimonios de los jóvenes univallunos que convivieron con estos hombres y mujeres indígenas que algún día tuvieron todo el territorio nacional por casa y hoy replegamos de las ciudades, -aún cuando es impensable vivir acá sin la cosecha de lo que ellos cultivan en el campo-. Me quedo con los abrazos de los jóvenes de la primera línea que también se cubrieron con sus banderas reconociendo que se sintieron protegidos por ellos y en varias ocasiones incluso, por los soldados del batallón de policía militar del ejercito que también repelieron en muchas ocasiones el vandalismo de los infiltrados que los quisieron deslegitimar. Me quedo con esa calle de honor, la que aplaudió a los indígenas con un ‘gracias’ mientras retornaban a sus resguardos con la frente en alto, después de hablar en su Asamblea de la Cric , rendir cuentas y rechazar el falso positivo de la chiva cargada de marihuana que no era de ellos.

Me quedo honrándolos todas las mañanas cuando desayuno con una arepa que me recuerda el maíz que ellos desgranan todos los días para mi.

La Minga Indígena no se ha ido. Está aquí, en mi corazón y en la sangre inocultable de este pueblo mestizo que se cree criollo.

https://www.cric-colombia.org/portal/sobre-el-ataque-a-los-indigenas-en-cali-lo-que-vivi/

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