Han sido unas semanas trágicas para las nuevas generaciones de colombianos. Los violentos asaltaron con demencia y segaron las vidas de jóvenes mediante actos de extrema crueldad. Las masacres de Llano Verde, Samaniego, Arauca, El Tambo o Tumaco, se suman a las más de 33 que ha registrado la ONU en lo que va corrido del 2020. Son un escalofriante recuento de las vicisitudes que enfrenta la juventud en nuestro país, ya que en la mayoría de los casos las principales víctimas y victimarios de estos homicidios múltiples, son colombianos jóvenes y hasta menores de edad.
Preocupa el enfrentamiento entre las disidencias de las FARC, el ELN, las Autodefensas Gaitanistas y la Nueva Marquetalia, el grupo liderado por Iván Márquez y Santrich, el cual ha incursionado en el suroccidente del país, recrudeciendo la guerra por el control del narcotráfico en la región. En este contexto, las masacres serían una expresión de la ferocidad y barbarie entre los actores criminales que combaten por el dominio de las rentas ilícitas, apelando a la aniquilación real y simbólica del enemigo, la difusión del terror y la disputa por la legitimidad ante la población civil. Estremece el uso de las redes sociales para enviar mensajes de guerra entre bandos, como la ejecución y mutilación que fue grabada en zona rural de Magüí Payán.
No es hora para el oportunismo político sobre la sangre derramada. Mucho daño causa esa mezquindad que busca granjearse réditos electorales en medio del dolor. Esgrimir una retórica incendiaria que divida al país es lo que menos se necesita en estos momentos. El mejor remedio contra el sufrimiento y la indignación generada por estas muertes, es el esclarecimiento de los hechos, el sometimiento ante la justicia de los responsables y la obtención de plena verdad para las víctimas.
La unidad contra los violentos y el respaldo a las autoridades para que logren neutralizar estas amenazas a la seguridad y a la tranquilidad pública debe ser una prioridad. Esta cohesión es clave para que el Estado pueda llegar a estos territorios con vacíos de institucionalidad o institucionalidad precaria, estabilizarlos y promover el desarrollo y la generación de oportunidades, especialmente entre la población más joven, la cual sueñan con un destino distinto al de iniciar una carrera criminal en algunos de los grupos armados o terminar siendo víctima de la violencia vesánica que por estos días se ha ensañado contra ellos. La indiferencia no es una opción. Un camino alternativo para nuestros jóvenes es posible.
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