El 8 de abril es el día de los derechos del pueblo gitano. Nuestros niños, a través del cine o porque los mayores les narremos, tal vez lleguen a informarse sobre la etnia nómada, originaria de Rumania, que en otrora se esparcía por el mundo y que la está extinguiendo el desarrollo urbanístico porque no les deja ningún rinconcito para que de paso armen sus carpas.
La ciudad afectó sus tradiciones hasta hacerlos romper con la regla gitana de sólo hacer pareja con los de su misma tribu.
La llegada de los gitanos con su música y sus bailes nos grabó indelebles recuerdos a quienes en la infancia sí disfrutamos de la ciudad de los cien barrios caleños.
Los gitanos armaban sus carpas en el nororiente, donde la ciudad terminaba en una amplia zona verde cercana a las antiguas industrias, antes de ser trasladadas a Yumbo.
En los años sesenta quién no se volvía voyerista ante la llegada de unos simpáticos personajes que vestían atuendos estrafalarios de vivos colores y que se acompañaban de hermosas mujeres que escondían sus esbeltos cuerpos blancos delgados entre sobrepuestas faldas largas.
En las tardes recorrían la ciudad, los varones ofreciendo pailones de cobre y otros cachivaches, ellas leyendo las líneas de las manos para adivinarnos la suerte a cambio de monedas.
Hoy, los gitanos se extinguen con sus derechos de desplazados. Gabriel García Márquez, al presentirlo, los inmortalizó en Cien años de soledad. “Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados, plantaba su carpa cerca de la aldea”.
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