Cali, mayo 18 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 15, 2026 21:46
Por: Carolina Vargas Rojas
Los ‘carros fantasmas’ han sido culpables de muchos accidentes, a los que muy pocas personas sobreviven. Es el caso de Marady Rojas, una mujer que hace 29 años casi muere en un accidente de este tipo.
Su madre, Elsa Suárez, (65 años) revivió, en diálogo con Utópicos semanal, la tragedia de aquel 11 de septiembre de 1992, cuando la vida de Marady, quien hoy tiene 38 años, cambió para siempre.
Venían mis hijas del colegio, en Bogotá. Como era costumbre, la ruta las dejó en la avenida. Al ponerse el semáforo en rojo, ellas cruzan la primera calle y al estar casi en el andén se pasa un carro en rojo y se lleva por delante a mi hija menor (8 años). Ellos inmediatamente escaparon; sin embargo, un taxi cruzó el semáforo en rojo para perseguirlos y fueron llevados al CAI. Eran dos menores de edad, con droga y alcohol en sus cuerpos. Por ello, se quedaron ahí, mientras llamaban a sus padres.
Llegan unos carros a auxiliarlas, algunos dudan un poco en llevarlas, ya que mi hija menor quedó inconsistente, la altura en la que voló fue tan alta al atropellarla, que deciden llevarlas. Mi hija mayor, Magnaly (15 años) alcanza a llamarme de un teléfono público. Las llevan a la clínica más cercana, que queda a cinco minutos. Al ingresar convulsiona por trauma craneoencefálico severo. En la clínica requieren un ventilador que no tienen, remitiéndola a la clínica general de la policía y allí es inducida a coma.
Gracias a Dios ella la llevaba de la mano y al tocar el andén tenía un paso adelante de la niña menor, por lo que no la alcanzó. Sin embargo, quedó con un trauma psicológico, a sus 45 años todavía se le dificulta pasar sola avenidas con mucho tránsito de carros.
Mes y medio, porque su cabeza estaba muy grande, por la inflamación que tenía. Además, únicamente reaccionaba a estímulos de su papá, que estaba trabajando en Cali. Al salir del coma, no hablaba, solo hacía sonidos, su ojo izquierdo quedó totalmente cerrado y la diagnosticaron con amnesia post traumática. Fue cuando se tomó la decisión de trasladarnos a Cali.
Inicialmente, el costo no fue tanto, ya que el seguro médico por parte del papá cubrió los tratamientos, los exámenes, el alimento líquido especial; ya se incrementó económicamente cuando nos trasladamos de ciudad, ya que tocaba viajar a revisiones médicas, además de la cirugía en el ojo; todo esto nos tocó por particular.
Cada seis meses tocaba viajar para hacerle los controles generales con el neurólogo, el psicólogo infantil, la neuropsicóloga y las terapias físicas y de lenguaje, además de la educación especial, donde se tenía en cuenta el proceso del estudio para ella.
Cuatro meses, pero ella nunca recordó el accidente ni la recuperación hasta el día de hoy. Después de esos cuatro meses empieza a recordar a su familia, pero las personas ajenas a nosotros le producían ataques de pánico, había que amarrarla, porque se golpeaba.
Que ella iba a quedar con muchas dificultades comportamentales. Antes era diestra y quedó zurda, no sabían si su comunicación sería fluida, su estado mental quedaría en la edad en la que tuvo el accidente, su movilidad sería inestable, a pesar de las diferentes terapias. Además, ella tenía que aprender a succionar, porque sino le iban a poner una sonda en el estómago para alimentarla, me dieron 12 horas de plazo para que ella pudiera succionar y logré que ella moviera un poco la boca, mojándola con el pitillo de un jugo, a escondidas. Así pudimos lograr que no le abrieran el estómago.
Tres meses en cama y dos meses en silla de ruedas. La amarraban. ya que no tenía estabilidad en el tronco. La remitieron a terapia ocupacional, terapia psicológica, terapia física y terapia del lenguaje.
El papá fue con el hijo que atropelló a Marady a que le dieran el permiso de verla; yo no quería pero alguien lo dejó entrar. Después de ese día, el padre de ese muchacho siguió yendo, estuvo muy pendiente del proceso. Del otro joven, el copiloto, nunca supe nada.
Al entregármela ya caminaba, pero lento y sin estabilidad, su ojo todavía seguía cerrado, solo decía unas cuantas palabras, pesaba 24 kilos, no sabía comer, tocaba darle la comida con un gotero, alimento formulado, no controlaba esfínteres, tenía que usar pañal todo el tiempo, era como un bebé. Tenía que caminar sosteniéndola, ese era su ejercicio, sacarla al sol, comía cada tres horas, tenía terapias todos los días en el hospital, consumía medicamentos a diario.
Yo pienso que dañan una vida, una familia, los planes futuros. Como ciudadana recomiendo que si manejan no hayan consumido ni licor ni drogas, no manejen en altas velocidades, porque no solo está en juego la vida del conductor sino la del peatón. Mi hija se salvó pero quedó con muchas secuelas.

No me acuerdo de cómo pasó el accidente ni mi recuperación, pero por culpa de ese accidente y de las secuelas no puedo realizarme con las capacidades de una persona de mi edad. El accidente fue en la parte derecha y afectó partes izquierdas. Físicamente, me tiembla la mano derecha cuando tengo peso, mi ojo izquierdo, con las terapias logré abrirlo un 90%, aunque tengo fórmula de gafas porque veo doble, tengo estrabismo.
Sí, siento que Dios me escogió para estar acá, pienso que es un milagro que yo nuevamente pueda tener tantas capacidades, a pesar de no ser las que son para mi edad. No pude culminar mis estudios, hice hasta tercero de bachillerato, no puedo ser mamá, no puedo independizarme, ya que no tengo las capacidades de mantenerme sola.
Por culpa de la droga y el alcohol ocurren estos accidentes, son adolescentes irresponsables y dañan la vida completa de un ser humano, si es que viven, ya que muchos fallecen.
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