Cali, septiembre 27 de 2022. Actualizado: lunes, septiembre 26, 2022 23:50

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La mala hora de Venezuela

El panorama para el vecino país es
preocupante, su inestabilidad política se
prorrogará indefinidamente.

Contrario a definir el rumbo del país y traerle la estabilidad política que tanto necesita, las elecciones presidenciales del pasado domingo dejaron a Venezuela en el mayor estado de incertidumbre de su historia reciente; si bien Nicolás Maduro fue declarado ganador por el Consejo Nacional Electoral, el estrecho margen de la supuesta ventaja que obtuvo sobre Henrique Capriles no sólo genera muchas dudas sobre la legitimidad de su triunfo sino que lo deja sin capacidad de maniobra ante una oposición fortalecida.

Maduro ganó, pero perdió, porque el empate técnico con Capriles demostró que la famosa revolución bolivariana no existe y que lo que había en torno al fallecido presidente Hugo Chávez era un fenómeno caudillista que murió con él. Esto deja al electo mandatario venezolano en una posición de debilidad no sólo frente a la oposición, que lo igualó en votos, sino también frente al propio chavismo, que no lo reconocerá como jefe natural, pues en menos de dos meses dilapidó el capital político del caudillo muerto.

Sin el carisma de Chávez, con una situación económica compleja, con el peso de las dudas sobre la legitimidad de su triunfo, con una oposición fortalecida y con el inminente fraccionamiento del chavismo, Maduro, como se evidenció en el discurso que pronunció la noche del domingo, será un presidente que se dedicará a defenderse para mantenerse en el poder, algo que será en exceso perjudicial para los venezolanos, porque tendrá que hipotecar el país con medidas populistas que arrastrarán a la vecina nación a una situación financiera y social insostenible.

Es claro, los resultados electorales muestran no sólo que medio país no quiere a Nicolás Maduro como presidente, sino que esa tendencia crece a pasos agigantados, lo que hace de Venezuela una peligrosa bomba de tiempo.

Todo esto, desde luego, es producto de la obsesión de Hugo Chávez por el poder, pues si hubiera reconocido su incapacidad física y no se hubiera hecho reelegir cuando su muerte era inminente, no habría sometido a su país a esta situación.

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