La crónica de Gardeazábal

De masacre en masacre

Gustavo Alvarez Gardeazábal

Cuando el 22 de marzo murieron más de 23 presos en la cárcel Modelo el desprecio por quienes pagan sus condenas sirvió de toneladas de tierra para tapar responsabilidades. La interpretación válida o no que se trataba de un plan conjunto para generar motines en los centros de reclusión, terminó de pulir el entierro de ese drama que en cualquier otro país hubiese hecho tambalear estructuras gubernamentales. Por supuesto nadie llamó a tal crimen colectivo como masacre.

De aquél día a hoy, y desde un poco antes,los titulares de la prensa y los resúmenes a las carreras de las redes sociales han ido mostrando un total de 76 masacres a lo largo del territorio nacional, en especial en las zonas donde todavía se libra por las disidencias o las organizaciones criminales cruentas batallas por el dominio del negocio de la droga.76 masacres en lo que va corrido del año.

Este fin de semana se dieron dos de ellas, la enésima en el corregimiento El Mango del sur del Cauca y la otra en Betania,en el corazón donde se cruzan en territorio paisa las ambiciones ancestrales con la explotación del oro ilegal y el cultivo de la coca.

Son masacres aunque el director del magazín de televisión de las 6 de la tarde quiera a cada rato cambiarles de nombre. Son masacres porque en cada una mueren más de tres personas. Son masacres porque las investigaciones exhaustivas nunca dan con nada y en las que se hacen a la luz pública, el terror a la venganza uniformada,obliga a callar. Todos recordamos la algazara que monto la alcaldesa de Bogotá con la docena de muertos a bala por la policía cuando las tribus leninistas resolvieron atacar los CAI de la capital en protesta por el asesinato de un abogado borrachito por dos agentes del orden. Nada pasó.

El país consideró que ni los atizadores de la multitud para que tumbaran los CAI ni los policías atrincherados que mataron más de una docena de personas eran responsables.Todo se deja así,como un titular y una pataleta publicitaria.

Nadie las quiere admitir como masacre. Y cuando ante los ojos de muchos se quemaron 9 detenidos en un CAI de Soacha y se tapó para no agrietar más el repudio a la policía, nadie la llamó masacre y cuando dos meses después se reveló la verdad,el malo del paseo resultó ser a la larga el concejal de Bogotá que se atrevió a medio destapar la podredumbre que se filtra en las esquinas de Soacha y a contarnos la historia.

Nadie entonces le pondrá coto a las masacres y mucho menos al rosario de líderes asesinados aquí y allá. En el magazín de las seis de la tarde, desde donde se gobierna a Colombia, esas noticias ni se dan ni mucho menos se ordena remediarlas.

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