Lo que parece una pregunta de protocolo, de esas que hacemos casi de manera automática cuando saludamos a alguien, deberíamos convertirla en una verdadera pregunta.
Una pregunta que salga de verdad, que tenga sentido y que, sobre todo, nos permita detenernos un momento para escuchar al otro.
Según cifras reportadas para 2025, en el Valle del Cauca se presentaron 188 suicidios consumados.
La cifra no debería pasar frente a nosotros como una estadística más.
Detrás de cada número hubo una persona, una historia, una familia y, seguramente, muchas conversaciones que nunca llegaron a ocurrir.
El dato, por sí solo, no explica el dolor de quienes estuvieron allí, pero sí debería llevarnos a preguntarnos qué está pasando con nuestra manera de acompañarnos.
Hablar sobre nuestras emociones no siempre es fácil.
Mucho hemos hablado sobre la hiperconectividad en la que vivimos y sobre cómo estar conectados permanentemente no significa necesariamente tener más amigos, sentirnos acompañados o comunicarnos mejor con los demás.
Podemos tener cientos de contactos, recibir mensajes durante todo el día y, al mismo tiempo, sentir que nadie conoce realmente lo que está pasando dentro de nosotros.
Acudir a las redes sociales puede parecer una forma de compañía, pero muchas veces es más parecido a entrar en una jaula llena de leones buscando a quién devorar.
Está el gurú que intenta vendernos un producto que, según él, todo el mundo quiere que nosotros no sepamos, pero que viene a revelarnos.
Está también quien solamente busca likes, seguidores y reconocimiento.
Y estamos nosotros, entrando quizá buscando un poco de entretenimiento, una distracción o simplemente algo que nos ayude a pasar el rato.
Pero podemos salir de allí con una angustia peor de la que teníamos al principio.
El algoritmo aprende rápidamente qué nos llama la atención y comienza a mostrarnos más de lo mismo.
Si estamos preocupados, encontraremos más motivos para preocuparnos. Si estamos indignados, aparecerán más razones para indignarnos.
Si tenemos miedo, el miedo también puede convertirse en contenido.
Poco a poco terminamos viviendo en una realidad cada vez más personal, construida alrededor de aquello que el algoritmo supone que queremos ver.
Y allí aparece un problema que no siempre vemos: se hace más difícil encontrarnos con alguien que piense distinto, que nos ayude a mirar las cosas desde otro lugar o, simplemente, que nos pregunte cómo estamos sin esperar nada a cambio.
La tecnología puede acercarnos, pero también puede encerrarnos en pequeñas habitaciones digitales donde solamente escuchamos nuestra propia voz repetida por miles de personas que piensan como nosotros.
Así las cosas, quizá cada día estamos más solos, aunque parezca que estamos más acompañados que nunca.
Tenemos muchas conexiones, pero no siempre tenemos vínculos.
Tenemos conversaciones, pero no siempre tenemos escucha. Tenemos información sobre casi todo, pero a veces no encontramos un espacio seguro para decir simplemente: hoy no estoy bien.
Por eso la pregunta toma ahora otro sentido: ¿cómo estás? No como una fórmula de cortesía, no como una pregunta que hacemos mientras seguimos caminando, ni como una frase que pronunciamos esperando escuchar un “bien, gracias”.
Preguntar de verdad implica estar dispuesto a escuchar la respuesta. Implica tener un poco de tiempo, bajar el teléfono, mirar a los ojos y aceptar que quizá el otro no está bien.
Y también implica aprender a responder nosotros mismos. Porque quizá hemos aprendido a decir “bien” incluso cuando estamos cansados, tristes, preocupados o simplemente necesitamos que alguien nos acompañe.
A veces no necesitamos una solución inmediata. Necesitamos saber que alguien puede quedarse un momento a nuestro lado sin juzgarnos, sin darnos una receta y sin convertir nuestro dolor en una lección.
Desde la fe, creo que allí también hay una forma sencilla de vivir el Evangelio.
Jesús no pasó por la vida preguntando solamente qué necesitaba la gente para solucionar sus problemas.
Muchas veces se acercó, escuchó, miró y permitió que la persona pudiera expresar aquello que llevaba dentro.
Hay una espiritualidad profunda en aprender a estar presentes para el otro.
Tal vez por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacer hoy no necesita una gran explicación ni una respuesta sofisticada.
Basta con detenernos frente a alguien y preguntar: ¿y vos, cómo estás? Y esta vez esperar la respuesta. Porque quizá detrás de un “no pasa nada” hay alguien que necesita ser escuchado. Quizá detrás de una sonrisa hay cansancio.
Quizá detrás de alguien que parece tenerlo todo hay una soledad que nadie conoce.
No siempre podremos resolver el dolor de los demás, pero sí podemos evitar que alguien tenga que atravesarlo completamente solo.
A veces una conversación puede abrir una puerta. Una llamada puede recordar que alguien importa. Un abrazo puede decir lo que las palabras no alcanzan.
Y escuchar, de verdad escuchar, también puede ser una manera de cuidar la vida.
En un mundo que nos invita permanentemente a mirar hacia las pantallas, quizá necesitamos recuperar la capacidad de mirarnos nuevamente a los ojos.
Preguntar con sinceridad. Escuchar sin afán. Acompañar sin pretender tener todas las respuestas.
Porque tal vez Dios también se hace presente de esa manera: en la persona que se detiene, en quien escucha, en quien no se va cuando la conversación se vuelve difícil.
Y quizá, en medio de tanta conexión, volver a preguntarnos con verdadera intención “¿y vos, cómo estás?” sea una pequeña manera de volver a encontrarnos.
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