Recuerdo con mucha nostalgia el 25 de diciembre del 2018. La alegría, las sonrisas y el brillante hacían mágica la noche; de verdad las estrellas bailaban al son de la salsa en las calles de la sucursal del cielo.
Estaba en las graderías viendo el evento más importante de la Feria de Cali. La alegría de cientos de bailarines era extraordinaria, mientras sentía el derroche de pasión se aguaba los ojos, recordaba los 5 salsódromos en los que había bailado, del 2008 al 2012.
Llegó a mi memoria el dolor en los pies al finalizar el show y las múltiples dolencias en mi cuerpo, pero me reconfortaba el mar de emociones que el público me hacía sentir, esas mismas que yo les ofrecía a mis amigos y conocidos, que dejaban su alma en cada movimiento por la avenida suroriental.
Quizás mi paso por la universidad me alejó de esos escenarios que me volvían libre, los mismos que hacían de mí una estrella que danzaba al son de los ritmos que nos caracterizan a nivel nacional e internacional.
Tuvieron que pasar otros 6 salsódromos, en los que no participé, para que pudiera ratificar que el baile era más que un hobbie. Desde lejos lo vi, lo estudié, investigué sobre los imaginarios urbanos de los bailarines, muchos que en la actualidad siguen siendo muy fuertes entre los caleños, los mismos que han visto la evolución de la salsa y de nuestra cultura. Aquellos que hoy discuten si hay o no Feria de Cali.
Los imaginarios urbanos son nociones que se construyen de manera compartida en los bailarines y entre la comunidad caleña. Una investigación que desarrollé sobre este tema en 2017, destaca que, aunque se cree en otras partes del mundo, no todos los habitantes de Cali bailan salsa.
Dentro de los resultados encontrados hallé que los bailarines vienen de barrios marginales de Cali, que muchos de ellos, primero aprenden a bailar en sus hogares y luego perfeccionan su conocimiento en una escuela o academia. Que la comunidad de bailarines de salsa es incluyente en la diversidad de género y que muchos de los que ingresan a bailar salsa creen que su situación económica va a mejorar.
En este momento me doy cuenta de cuán cierto eran estos imaginarios. Me pongo en los zapatos de artistas – no solo bailarines – y comprendo cuántas dificultades han pasado durante esta pandemia; se ha reforzado la teoría de que ser artista en Colombia es un desafío constante.
Muchas escuelas han cerrado, otras intentan, desde lo virtual, sobrevivir. Y hoy muchos niños, jóvenes y adultos quieren alegrar a los hogares del mundo con un espectáculo virtual que dará trabajo a más de 13.830 personas.
Tal vez este rechazo de la comunidad caleña a la feria virtual que se viene haciendo, se debe al desconocimiento sobre la creación de este evento. En el año 1956, en Cali explotaron siete camiones que contenían explosivos, este suceso dejó un saldo de 110 personas sin vida. Al año siguiente, y con el ánimo de avivar el espíritu alegre que caracterizaba a la comunidad caleña, como una especie de catarsis, se dio la inauguración de la Feria de la Caña, que contó con 40 días seguidos de cultura.
Hoy, después de todo lo que ha pasado con el COVID–19, no estoy triste de que un dinero que ya estaba establecido para la cultura “se pierda” dándoselo a los artistas. La comunidad cultural en Cali quiere tu apoyo, nuestro apoyo. Paguemos por lo que nos hace alegres, paguemos por los nuestros. Paguemos para apaciguar un año que nos ha quitado tanto. Si me preguntan, yo sí quiero bailar.
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