Y llegó el domingo “Día de Elecciones”. Asistí al colegio donde me correspondía votar, el mismo lugar donde lo he hecho hace más de quince años de manera juiciosa. Una tarde soleada y una afluencia de público bastante notoria. Ingreso al plantel y lo primero que veo es un par de jóvenes discutiendo con otro par de funcionarios que se encontraban sentados en una mesa. Un problema de testigos alcanzo a escuchar. Interrumpo el jaleo. Entonces uno de los funcionarios me dirige pasos más adelante con una señora que con la ayuda de un aparatejo me instruye sobre la mesa donde debía votar: la dos. Supongo que mi cédula es de las viejitas y río.
En la mesa observo como los jurados que atienden son jóvenes. Uno de ellos me pide el documento de identidad, otro me hace escanear mi huella dactilar en otro de los gadgets de la Registraduría y posteriormente un tercero imprimirla en un papel lleno de recuadros y otras huellas ajenas. Complacido con la parafernalia de seguridad procedo a recibir los tarjetones: el de Senado, el de Cámara y uno para consulta. Me dirijo al cubículo y estampo las Xs con el lapicero morado que encuentro allí amarrado. ¡Deber cumplido!
Mesas adelante mi hija de diecinueve años funge también como jurado. Complacido de saberla participando del proceso y formando parte de manera tan responsable le pregunto: “¿Ya votaste?” “Sí” Me contesta, “Pero en blanco porque no estaba segura.”
Me quedo reflexionando en su respuesta y tiene razón… El voto en la mayoría de los casos, como el mío, es algo apasionado; pero también los hay prudentes.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






