Lo veía después del mediodía cuando bajaba por las calles de San Fernando rumbo a su consultorio de médico neurólogo, a atender las citas programadas para la jornada vespertina. Su mochila atravesada en el pecho y en ella su botella de Pony malta, donde en lugar de la bebida original llevaba agua, eran su característico vestido.
Alguna vez le dijo al escritor William Ospina que su mochila estaba en mejor estado que de la de aquél, todos reímos porque pocas veces nuestro amigo neurólogo salía con apuntes de hilaridad.
No sabíamos quién era hasta que alguna vez en las reuniones de amigos nos enteramos que descubrió una extraña patología que sólo daba en esta zona y que calificó como paraparesia espástica tropical o del Pacífico, y allí empezó la mejor calidad de vida a quienes la padecían. Le compuso y grabó una canción a la enfermedad.
Me enviaba sus artículos para ayudárselos a publicar en algún medio. La advertencia era categórica, como él: “no me le cambian ni una coma y punto. Si le cambian, me la devuelve”. Así era, algo frío como el hierro, pero cálido como el lomo de un animal al que se le pasa la mano por encima. Había que saberlo llevar, y allí estaba siempre el amigo.
Se nos fue ahora en diciembre. Nos dejó su voz en el celular regañando, cuestionando, saludando, aconsejando, y eso hace que lo extrañe un poco más al sentir su ausencia.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar







