Vivir con miedo

Rosa María Agudelo

Resultan espeluznantes los testimonios de las mujeres caleñas que afirman haber sido víctimas de intentos de secuestro. A la fecha hay cerca de 30 testimonios en esa misma dirección y ningún caso perpetrado. Las autoridades no han desestimado las denuncias pero no tienen realmente ningún delito que investigar. ¿Qué está pasando en la ciudad? ¿Se está gestando verdaderamente una nueva modalidad delincuencial o de acoso? ¿O estamos viviendo una paranoia colectiva producto de la percepción de inseguridad que cada día se apodera más de Cali? Los dos escenarios son igualmente graves y reflejan una realidad desoladora: cada día vivimos con más amenazas y miedos. 

No podemos negar que todos vemos en cada motociclista un delincuente; que hacer un semáforo nos obliga a mirar para todos los lados y que desconfiamos de todo el que se nos acerca. Antes de la pandemia ya la sensación de inseguridad era alta, pero en estos 13 meses ha alcanzado niveles estresantes. Todos con tapabocas, calles desoladas y grupos crecientes en los semáforos contribuyen a que el nivel de angustia colectiva aumente.

Muchos expertos han analizado el impacto que en la salud mental de cada uno ha tenido la pandemia, dejando al descubierto el aumento de casos ansiedad, estrés, desórdenes en el sueño e incluso de violencia intrafamiliar asociadas. Sin embargo, no se ha estudiado su impacto en los imaginarios colectivos y en los fenómenos de masas. La pandemia, sin duda, está cambiando nuestros hábitos como individuos pero también debe estar cambiando nuestros comportamientos sociales. Estar confinados debe estar alterando nuestra relación con el exterior.  Nuestra percepción del “afuera” ahora está plagada de peligros…

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