Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Viche patrimonial

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Qué rico cuando en las reuniones familiares y en las festividades comunitarias, degustamos las empanadas después de ver que las abuelas y las tías las rellenaron con guiso casero y luego las echaron a freír a la paila caliente. También sucede con los tamales, cuando en la familia, todos hacemos minga amarrando las hojas. No será igual degustar empanadas viendo que llegaron congeladas en una bolsa de una marca industrial. Así, empanadas o tamales, pierden su esencia familiar y, hasta las sentimos insípidas por la falta de la integración de los familiares y los amigos. Esto ocurre porque son productos ancestrales que ya hacen parte del patrimonio familiar. Sus preparaciones son prácticas legatarias y, sus degustaciones, son ritualidades festivas. Algo parecido sucede cuando en las reuniones familiares se ofrecen cocteles y en el brindis el barman anuncia hasta el contenido mitológico de la bebida. Y qué decir de las festividades en los resguardos indígenas donde la chicha es el legado de los dioses. Estas añoranzas que inician mi columna son a propósito de la ley que declara al viche como patrimonio cultural de las comunidades afrodescendientes del Pacífico. Ahora repetiré a vivo pulmón: ¡Qué viva el Petronio Álvarez, su música y un viche! “La ley va a brindar instrumentos –expresó la ministra de Cultura, doctora Angélica Mayolo- para que sea posible producir viche desde la formalidad, obtener los registros sanitarios, los registros de marca y, por supuesto, la denominación de origen para proteger que la producción la sigan haciendo solamente las comunidades del litoral pacífico y que estas puedan tener socios estratégicos para su comercialización”. Al escuchar sus palabras me acordé del grito de protesta que hace tres años en el Festival Petronio Álvarez, exclamó Yuri Buenaventura: “El viche es una tradición ancestral, los esclavos no se trajeron la botella, se trajeron la memoria. Aunque de caña y bejuco, mi viche no tiene precio. No se compra ni se vende, es patrimonio de un pueblo”. La protesta del cantante bonaverense fue con motivo de la insensatez de un empresario coterráneo que tuteló ante un juzgado su derecho a trabajar con una marca embotelladora del viche. En realidad, lo que pretendía era una autorización para ejercer un infame monopolio, disfrazándolo como reclamo protector de la salud colectiva. No sabemos qué pueda ocurrir en el libre comercio internacional y con diferentes políticas de registros y patentes. Ese insólito caso contracultural hizo exigirle al Ministerio de Cultura que promoviera investigaciones y documentaciones sobre las bebidas ancestrales que hacen parte del patrimonio cultural. Opiné en esta misma columna que si el Petronio Álvarez nos invitaba a degustar la riqueza musical del Pacífico y sus secretos gastronómicos, entonces, el viche, el arrechón y la tomaseca, representaban el complemento de la triada cultural del Pacífico. En la columna en mención, a nombre de mis lectores del Pacífico, le expresé mil gracias a Yuri Buenaventura: “Viniste desde los escenarios parisinos, cantaste entre marimbas y currulaos, y te ganaste los aplausos que retumbaron cuando con tu canto exigiste respeto para con el viche afrodescendiente”. El viche es una bebida ancestral y artesanal. Ahora, para que sus productores naturales puedan beneficiarse de la vigencia de esta ley patrimonial, tendrán el difícil reto de la comercialización, cuidándose de no llegar a exponer el producto de su identidad a ningún monopolio que pretenda gestarse a costa de su extinción cultural. La Ley del Viche era un querer popular, coadyuvado por el Festival Petronio Álvarez, el empeño tesonero de “Destilando Patrimonio” y el trabajo legislativo de los congresistas de la región pacífica.

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