Reconocemos como patria chica al lugar donde empezó nuestro uso de razón, más que al municipio donde vimos la luz. Quienes hoy somos mayores de los sesenta años llegamos niños a la incipiente vereda y profesamos sentido de pertenencia por Terrón Colorado. En Restrepo aprendí a dar mis primeros pasitos, pero tuve uso de razón en el apacible caserío entre los cañones del Aguacatal y Santa Rita. Con la bandada que jugaba al escondite y a la guerra de higuerilla en los solares, registré mis recuerdos más remotos.
Creímos que era invención el horror de las historias que las señoras se compartían, aunque todos llegamos huyendo de la violencia. Unas familias eran oriundas de Sevilla, Tuluá y Restrepo. Otras, provenían de Dagua, Cauca y Nariño.
Buscamos “la sucursal del cielo” en la ciudad, pero la encontramos en Terrón Colorado. Hallamos sosiego, aunque la incipiente vereda no tuviera acueducto, ni alcantarillado. Allí descubrimos el fogón de leña y la letrina, lo vivimos para contarlo. Nos autoabastecíamos con gallineros y agricultura doméstica, pero como requeríamos centavos y pesos circulantes para las demás cosas indispensables, los papás bajaban a la ciudad, “se iban pàCali”, en busca de un trabajo fijo, o si no, se dedicaban al rebusque informal.
El viaje cotidiano de Terrón Colorado a la ciudad y viceversa, se hacía en una chiva o bus escalera, que apenas hacía cuatro vueltas por escasez de pasajeros.
La inauguración de las pilas de agua potable colectivas se hizo con desfile, murga y vara de premio. Le siguió la escuela Ulpiano Lloreda. Los más mayorcitos iniciaron las primeras letras en el kínder de don Benjamín Ramírez, que además era zapatero y homeópata.
Los que no lograban cupo, muy renuentes iban al colegito de las monjas de la caridad. Por suerte aprendí a leer en la primera escuela pública, inaugurada en 1960, con la presencia de los descendientes de don Ulpiano Lloreda, quienes pidieron le pusieran el homónimo para inmortalizarlo. Como la escuelita quedó a orilla de la vía al mar, apartada de los mojones veredales, correr los caminos por los mangones sin dueño era una aventura inolvidable.
En una tertulia que contaba estas anécdotas, un citadino me preguntó por qué abandoné la paradisiaca vereda. Cuando se lo conté, comprendió que no se trataba de ingratitud, sino que, a la primera cohorte de la recién fundada escuela, sin transporte seguido nos era difícil continuar el bachillerato en la ciudad. En mi caso, transportarme en chiva, no me hubiese permitido cumplir con el horario de la Normal Departamental para Varones, ubicada cerca al antiguo hipódromo.
Ni siquiera hubiera podido mi hermano que ganó el examen de admisión en Santa Librada. Por eso nos mudamos al barrio Popular, donde descubrí la ciudad como un otro mundo. Terrón Colorado al ser declarado nuevo barrio, empezó a transformarse y hacinarse. Los otrora predios rurales se lotearon para viviendas urbanas amplias.
Llegaron muchos citadinos, atraídos por la brisa fresca y, entonces, la Ruta No.4 de los buses Gris San Fernando, empezó a prestar el servicio de transporte del barrio al centro de la ciudad. De mi patria chica sólo quedan añoranzas veredales. Las riberas del Aguacatal y las faldas donde resbalábamos en cartones fueron invadidas. Hasta los urbanizadores capitalistas ocuparon con torres de apartamentos la ribera del Aguacatal en la zona donde es afluente con el río Cali. La vereda fue desmembrada tras erigirse como barrio nuevo.
Los barrancos de barro rojo fueron lapidados con muros de contención, oportunidad aprovechada por un candidato que emprendió su campaña exitosa donando pintura, propiciando ahora en murales identificarlo: “Terrón Coloriado”.
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