El concejo de Cali, mediante acuerdo 0424 de 2017, con ponencia del concejal Carlos Pinilla y bajo la presidencia de la concejala Tania Fernández, aprobó la política pública de regulación de ventas informales en la ciudad.
Allí señala normativamente, los lineamientos para la ubicación de los vendedores ambulantes, estacionarios, semi-estacionarios y vehiculares, conforme a lo orientado por la ley y la jurisprudencia.
Señala, en el articulo 7, como un deber del vendedor informal, tener la respectiva autorización de autoridad competente y mostrarla en lugar visible. Surge un interrogante: ¿se cumple?
El acuerdo le da relieve al espacio público, indicando que el Estado debe velar para que este sea de uso común y prime sobre el interés particular, lo que no se evidencia hoy día.
Cualquiera va instalando una silla y sombrilla con estufa u horno, o con coches cargado de niños, o venta de dulces, en cualquier esquina o sitio público -sin restricción alguna- lo que genera desorden y malestar ciudadano.
Se instalan en la acera, de tal forma que el ciudadano de a pie (que sí paga impuestos) debe bajarse a la calle, con los riesgos que conlleva, porque no puede pasar por la informalidad acechante.
Se sabe que la economía no anda bien, más en este gobierno nacional que, en lugar de ser del cambio es del retraso, y que hay que “rebuscársela” (como dicen comúnmente), pero también existen unos límites al ejercicio de las ventas ambulantes.
No puede ser que espacios públicos adecuados para el deleite ciudadano, para la contemplación, para el disfrute de los niños y ancianos, se conviertan en un lugar atiborrado de vendedores que no den espacio para el tránsito peatonal, ahuyentando a los turistas que llegan a estos sitios.
Es importante establecer rigor, orden, posibilitar la venta ambulante, pero en lugares establecidos para ello, no donde considere quien instale su “local” afeando la ciudad, y generando caos en espacios donde antes había sana convivencia.
ÑAPA: Insisto, de nada sirve llamar al 112 o 123 de la policía. Reciben llamada con dejadez, lo que genera desazón, para seguir llamando. Ergo, el crimen feliz.
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