Lo que se hereda no se hurta y muchas de nuestras actitudes frente a la vida vienen con nuestros genes.
Fui educado en un hogar machista donde los hombres en la cocina olíamos a rila de gallina, pero cuando monté mi primer apartamento en el edificio Wolff en Medellín y me enfrenté a la cocina, me di cuenta que no solo me gustaba, sino que tenía habilidad y algo que no se aprende en libros: sazón.
Para rellenar mi ignorancia me fui a La Librería Aguirre, donde Aurita me vendió Cartagena en la Olla, de la señora Román, y aun cuando jamás llegué a cocinar siquiera parecido a sus deliciosos platos, me sentí como moldeando mis genes a las circunstancias.
Fue entonces cuando decidí escarbar en la tradición de mi familia materna y encontré que el arte y la facilidad de cocinar venían por la herencia de la abuela de mi abuela, doña Rosaura Escobar, la gran repostera, dueña del Hotel Tuluá, quien a más de plata, tuvo 4 hijos de 4 padres diferentes y desconocidos y a quien yo he llamado honrosamente mi tataraputa.
A los varones les dio educación en Nueva York y Panamá. A su hija Hortencia le enseñó cocina de dulce y a Benilda, la de sal.
Mi abuela sabía de las dos y los nietos que aún sobrevivimos recordamos sus galletas de panela y su atollado de pato.
Yo me siento heredero de esa tradición en gusto y habilidad y mucho más ahora que las dietas para sobrevivir me redujeron drásticamente el ámbito.
No he dejado empero de ir a la cocina a mañana y tarde y lo que hago es inventarme combinaciones de frutas y yerbas para adobar el eterno filete de pescado cocido al almuerzo y el de pollo a la hora de cenar.
Gozo aun descubriendo sabores y averiguando con la IA sus efectos positivos y negativos para no ir a terminar actuando peor que las dietistas.
El resto es riesgo que hay que correr para seguir viviendo sin caer en el aburrimiento de la repetición o en la angustia por no poder seguir siendo el glotón que me llevó a tantos restaurantes en la vida.
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