Cuando triunfó la revolución de Fidel Castro, las primeras medidas de su gobierno fueron expulsar a los jesuitas de la isla, expropiar propiedades, empresas azucareras y grandes mansiones a terratenientes cubanos y a extranjeros, principalmente a gringos, para poder iniciar el proceso comunista a la que sometió a su patria hace más de sesenta años.
Desde ese momento se convirtió en promotor de guerrillas y terrorismo en países latinoamericanos, presas fáciles de ser sometidas a una nueva ideología que prometía igualdad social.
Castro logró convencer al entonces líder soviético Nikita Krusckhev, para que protegiera a Cuba y se convirtiera en una amenaza para Estados Unidos en plena guerra fría, estando a pocos pasos de Miami.
Cuando John Kennedy amenazó a Rusia dándole plazo para desistir de los misiles que apuntaban a las principales ciudades norteamericanas, desde ese momento los rusos desocuparon Cuba y paulatinamente dejaron de subsidiarla con dinero a manos llenas y especialistas en medicina y en actividades deportivas, con las que Castro sacaba pecho gracias a las medallas que su país obtenía en juegos internacionales de alto nivel y al avance científico logrado por jóvenes cubanos.
Hoy, Cuba ya no es potencia en eso.
Pues la “bella” isla, urgida de grandes recursos, se encontró de frente con Hugo Chávez, quién siendo adorador de Castro, con el poder de Venezuela en sus manos, se convirtió prontamente, en el nuevo protector de Castro, con dólares, petróleo y alimentos, a cambio de inteligencia policiva y misiones médicas, hasta el punto que esos cubanos son el verdadero poder en Venezuela.
Ya conocemos los resultados.
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