“¡Te tenés que vacunar, si vas a vivir con mamá!” Me regañó mi hermana. Con tanta información y desinformación al respecto -más de la última que de la primera- tenía mis reparos.
Decido consultar con el grupo de WhatsApp conformado por mis congéneres cincuentones de la promoción 87 del colegio Pio XII. Una variopinta tribu donde hay de todo.
Y a pesar de que en el grupo no están todos los que son, ya que falta un reconocido director de cine, un pastor político y algunos que llamamos “los lindos”; la experiencia de sus integrantes y el hecho de estar regados por todos los continentes era algo que con seguridad me daría luz.
Los dos primeros en contestar –paranoicamente de inmediato- me advierten sobre una gran conspiración. Alertado decido hablar con el que a mi juicio es el más melindroso y obsesivo de todos.
“Me vacunaré, pero después de que pasen por lo menos seis meses”, me señala. Comienzo a dudar y pienso en postergar mi decisión.
Entonces empiezo a leer que mis compañeros que viven fuera del país escriben que la vida comienza a normalizarse en sus entornos gracias a la vacuna. El más sensato –y mayor Icfes- copia un enlace de la Universidad Johns Hopkins en el que leo que han sido vacunadas 2.400 millones de personas.
“¿Será que los “lindos” se habrán vacunado? Ellos sí son inteligentes”, pregunto. La respuesta no tarda. Uno que forma parte de ambos grupos -de el de “los lindos” y el de “los feos” que es al cual pertenezco escribe: “Mañana me pongo la segunda dosis.”
No se diga más… ¡Me vacuno!
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