Esa farsa diseñada y ejecutada en el Congreso de la República para hundir el Estatuto Anticorrupción, nos tiene a los colombianos muy golpeados. No respetaron el referendo realizado el año anterior sobre el tema, que sin alcanzar el umbral logró un alto número de votos. Tampoco han querido legislar sobre la reforma a la política y a la justicia. Le toman el pelo al país, conscientes de que los colombianos seguirán votando por ellos gracias al estado de amnesia en que vivimos. Siempre ha sido así, desafortunadamente.
Lo cierto es que hoy más que nunca, la clase política, con contadas excepciones, no tiene credibilidad, no brinda ni cinco de confianza y, lo que es peor, se creen intocables, gracias a ese “bendito” pacto de “tu no me tocas, yo no te toco”. Tal pareciera que los congresistas no se atreven a auto reformarse y a bajar sus injustos salarios, porque pendejos no son, y menos meterse a reformar la justicia por aquello de que tanto unos y otros, tienen rabo de paja.
Que pesar con el país que eso sea así, pero, pruebas y antecedentes existen por montones. La justicia politizada y gracias a eso, corrompida, y la política contaminada por todos lados, convertida en un negocio a donde llegan y quieren llegar muchos a enriquecerse sin sudar y sin méritos académicos en unos casos y sin protocolos previos de honestidad en otros; por eso, no quieren que les esculquen ni sus bienes ni sus declaraciones de renta. Con razón los organismos de control no funcionan en Colombia, salvo para perseguir oponentes políticos.
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