Unos obedecen y otros pierden

Hugo E. Gamboa Cabrera

Decía el psicólogo español Xavier Molina, que «el rencor es un sentimiento cercano al odio y al resentimiento. Cuando sentimos rencor hacia alguien o algo, descartamos la posibilidad de perdonar y seguimos anclados en aquello que nos provocó dolor. Como cualquier sensación humana, el rencor puede ser adaptativo.

Sin embargo, llevarlo demasiado lejos puede tener un efecto boomerang y no dejarnos remontar el vuelo y ser felices en forma autónoma».

Pues eso es lo que está predominando en este caos que afecta a nuestro país hace un mes. A un candidato a la presidencia lo tiene que afectar enormemente, pese al acomodo de las encuestas.

Es indudable que parte del país que creía en sus posibilidades, descubrió con horror, que ese candidato es un peligro para la democracia colombiana, sobre todo para la democracia, esa que con todas sus falencias al menos nos ofrece el libre albedrío, el libre pensamiento.

Ese candidato que pide a grito abierto que se acabe la policía, la fuerza militar, para establecer, con toda seguridad, los famosos colectivos en moto y armados que sirvan para aplastar cualquier levantamiento o cualquier protesta, como sucedió en Venezuela. Ese candidato que ha propuesto acabar con algunas empresas, sin importarle el desempleo, solo porque los empresarios son ricos, como sucedió en Venezuela.

Ese que piensa acabar con Colpensiones para crear un fondo estatal que administre esos recursos, para esquilmar a quienes se «jodieron» toda una vida para lograr un medio para sobrevivir. Así ocurrió en Venezuela.

Y no menciono más cosas por lo extenso de las mismas.

Lo cierto es que estas marchas o protestas, que siempre se realizan para pedir mejoras salariales, laborales, no han sido tales; al contrario, son hechos terroristas, con mucho dinero de por medio y armas, que antes que ser una lucha por el pueblo, le hacen daño.

Han dejado sin empleo a mucha gente, por quiebra de sus empresas o por la inseguridad creada con el terrorismo. Cerraron panaderías, crearon desabastecimiento, dejando sin alimento a la población o, lo que es peor, ayudaron al encarecimiento de la canasta familiar.

Exterminaron el transporte público, donde se movilizan gentes pobres. Mucha gente ha fallecido por falta de ventiladores o medicamentos debido al cierre o bloqueo de vías.

Mejor dicho, terrible situación.

Pero lo más complicado es que se apareció un «comité de paro nacional», conformado por sindicalistas de viejo cuño, oligarcas de overol los denominan, de buena vida, auspiciados posiblemente desde hace años por grupos fuera de la ley y con mucho billete, con salarios igual o mejores que el de los congresistas, determinando el rumbo de la nación con un pliego de peticiones donde piden tres veces más de lo que planteó el exministro Carrasquilla con su funesta reforma tributaria, con el firme propósito malévolo de tomar eso como excusa, para «tirarse» el país, de arrodillarlo.

Afortunadamente, la gran mayoría de los colombianos están decididos a no dejarse marchitar. La nación no se puede acabar por culpa de una minoría mal enfocada.

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