Recuerdo lo apasionante que fue para mí el descubrimiento del mundo de la estadística. Primero la teoría de probabilidad, luego la inferencia y finalmente la econometría. Deduje que todo lo que me rodeaba: cosas, sucesos y emociones era observable, cuantificable, tabulable y proyectable. Propenso para conclusiones, derivación de hipótesis y formulación de juicios sobre correlación y causalidad.
Con el bum de los ordenadores y medios vino el abuso de esta ciencia. Las fallidas encuestas electorales son un claro ejemplo. Pululan los errores, desatinos y pifias por doquier. Mark Twain escribió de manera clarividente: “Hay mentiras, hay grandes mentiras y está la estadística.”
Sin embargo y no obstante lo anterior, por estos días me enteré de una horripilante estadística que quisiera fuese mentira: Según estudios, uno de cada cinco menores sufre de abusos sexuales. Mi calidad de padre de dos niñas me impidió que tal dato estadístico causara en mí el mismo impacto que podría generar conocer el número promedio de goles por encuentro del último campeonato. La escribo nuevamente porque me parece en verdad alarmante: “Uno de cada cinco menores sufre de abusos sexuales.”
Los victimarios, en su inmensa mayoría hombres adultos pertenecientes al círculo cercano y familiar, son la prueba de la existencia de un gran problema en nuestra sociedad. Un problema con graves repercusiones sicológicas para las víctimas que han sido reconocidas por el sistema de justicia como para aquellas que arrastran en total y hermético secreto el abuso al que fueron sometidas cuando infantes.
Celebro la esforzada iniciativa de castigar con cadena perpetua a los violadores de menores. Cualquier pena será poca comparada con el daño causado.
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