Una fuga anunciada

Natalia Bedoya

La historia de un mafioso haciendo uso de su salvoconducto para delinquir y unas altas cortes cómplices de impunidad.

En abril de 2018, Jesús Santrich había sido capturado por narcotráfico y pedido en extradición por Estados Unidos por traficar con cocaína después de haber firmado el acuerdo de paz en 2016. Sin tener jurisdicción sobre el caso, por ser delitos cometidos después de la fecha de la firma del acuerdo, la Justicia Especial para la Paz (JEP) decidió “aplicar la garantía de no extradición” a favor de Santrich y ordenar su libertad.

Pero el salvoconducto para delinquir lo otorgó la Corte Suprema de Justicia en mayo, cuando asumió el caso y ordenó la libertad del mafioso, después de haber sido recapturado a tan sólo unos minutos de haber disfrutado de la libertad con impunidad.

Por ingenuidad o complicidad, la Corte pretendía que, estando Santrich en las calles, acu-diera voluntariamente a las citaciones, pero, como era de esperarse, se fugó, seguramente hoy esté disfrutando en Venezuela o Cuba con un boleto para seguir delinquiendo.

Lo advertimos una y otra vez, se necesitaba una medida de aseguramiento preventiva para evitar la fuga, pero con oídos sordos, la Corte prefirió confiar en el bandido y hoy es cómplice de uno de los narcotraficantes más visibles de las Farc.

Una paz mal hecha, que iba traer como consecuencia, tarde o temprano, impunidad para los delitos más atroces y, lo que es aún más grave, un ejemplo de impunidad que lleva a la reincidencia en el delito.

Una fuga anunciada, Santrich se voló y su negocio de narcotráfico está más vigente que nunca. ¿Y ahora quién va a responder?

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