Tomás Lombana Bedoya

El mayor riesgo de Iván Cepeda no está en Abelardo, está en su propia estrategia

Tomás Lombana Bedoya

La segunda vuelta presidencial tiene una característica que la diferencia de cualquier otra etapa de la campaña: ya no gana quien mejor moviliza a sus bases, sino quien logra conquistar a los votantes que no son propios.

Por eso, el principal desafío de Iván Cepeda no parece ser Abelardo de la Espriella. Su verdadero reto consiste en evitar que su campaña quede atrapada exclusivamente dentro de los límites de su propio electorado.

Las bases del Pacto Histórico son disciplinadas, activas y profundamente comprometidas. Han demostrado capacidad de movilización durante años y representan un activo político enorme.

Sin embargo, la pregunta estratégica de esta segunda vuelta no es cómo consolidar a quienes ya están convencidos. La pregunta es cómo atraer a quienes todavía tienen dudas.

Y allí aparecen varios riesgos.

El primero es la tentación de convertir la campaña en una disputa permanente de confrontación. Las manifestaciones, las movilizaciones y los mensajes dirigidos exclusivamente a las bases pueden fortalecer el entusiasmo interno, pero también generar resistencia en sectores moderados.

El votante de centro suele priorizar estabilidad, tranquilidad y gobernabilidad. Cuando percibe escenarios de tensión permanente, muchas veces se aleja.

El segundo riesgo es el lenguaje. Algunos dirigentes y voceros del petrismo suelen utilizar discursos altamente confrontacionales.

Aunque esos mensajes funcionan dentro de su electorado más fiel, también generan temor en sectores independientes que observan la política desde una perspectiva menos ideológica y más pragmática. La elección presidencial no se define únicamente entre militantes; se define, en gran medida, entre ciudadanos que buscan certezas.

Otro factor sensible es el debate alrededor de una eventual constituyente. Más allá de los argumentos jurídicos o políticos, la sola posibilidad genera incertidumbre en amplios sectores de la población.

Especialmente entre empresarios, profesionales, ahorradores y ciudadanos que privilegian la estabilidad institucional.

En política, la percepción suele ser tan importante como la realidad, y cualquier mensaje que pueda interpretarse como incertidumbre termina teniendo costos electorales.

También existe una discusión sobre el papel que debe desempeñar el presidente Gustavo Petro en esta campaña. Para una parte importante de la izquierda, su liderazgo sigue siendo un activo fundamental.

Sin embargo, para otros sectores del país representa precisamente aquello de lo que buscan tomar distancia.

Si la segunda vuelta termina convirtiéndose en un plebiscito sobre el actual gobierno, la campaña de Cepeda podría enfrentar dificultades para ampliar su coalición.

La elección, además, exige señales hacia una Colombia diferente a la que votó en primera vuelta por el Pacto Histórico.

Si la campaña no logra incorporar figuras capaces de dialogar con sectores independientes, moderados y de centro, corre el riesgo de quedarse hablando únicamente con quienes ya están convencidos.

Y hay otro elemento que suele aparecer cuando una campaña siente que está perdiendo terreno: comenzar a copiar las estrategias de su adversario.

En los últimos días han surgido comportamientos que algunos analistas interpretan de esa manera. La apropiación de símbolos, la búsqueda de formatos digitales similares, una mayor presencia en debates o la incursión en escenarios donde antes no participaban pueden ser señales de adaptación.

Sin embargo, también pueden transmitir la sensación de que quien marca la agenda es el competidor.

Las campañas más exitosas no son las que imitan; son las que lideran la conversación.

Por eso, el reto de Iván Cepeda durante los próximos días no será radicalizar a sus seguidores. Eso ya lo tiene.

El desafío consiste en convencer a quienes todavía no están convencidos.

La historia electoral demuestra que las segundas vueltas se ganan en el centro político.

Y si la campaña decide hablar únicamente para su tribuna, podría descubrir demasiado tarde que la elección no se estaba jugando allí.

En política, consolidar las bases es importante. Pero conquistar a quienes están afuera suele ser lo que define quién llega a la Casa de Nariño.

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