Uber

Rodrigo Fernández Chois

No soy adepto a visitar la meseta cundiboyacense no obstante haber estudiado primaria y universidad “Dos mil quinientos metros más cerca de las estrellas.” Mi condición de calentano vibra con los colores brillantes con que el sol nos bendice y se entusiasma con el desvergonzado y apasionado trato de mis paisanos. Por eso no me gusta el gris perpetuo que cobija la capital, un color que llega incluso a vestir el alma de sus nativos.

Hace años tuve que visitar la gran ciudad. Estaba en compañía de mi cuñado quien había viajado conmigo cuando de repente se desencadenó un aguacero. Ambos, empapados en plena acera y titiritando de frío intentábamos detener un misericordioso taxi. Pararon tres o cuatro vehículos amarillos y en todos sus conductores bajaban un par de centímetros las ventanillas que los guarecían del brutal chaparrón y gruñían con cantado acento cachaco:

“¿Pa’dónde?” Mi acompañante y yo contestábamos casi que a una voz: “Aquí no más, a unas cuadritas…” Y sin más indicaciones recibíamos como respuesta un inconsiderado NO acompañado siempre con una tosca manotada. El salvaje frío y la inclemente lluvia hizo que, en nuestro último intento de tomar un taxi juntáramos manos en posición suplicante y clamásemos en coro: “Por favor señor, se lo rogamos…”.

Caminamos inermes sufriendo una granizada y el peor de los fríos posibles hasta llegar al Centro Comercial Andino. Por fortuna, en uno de los baños recuperamos el calor corporal y secamos nuestras ropas gracias a una vieja secadora eléctrica de manos. La experiencia quedó grabada como una de las peores jamás vividas ¿Que qué pienso del retiro de Uber de Colombia?

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