Así reza el vallenato de Diomedes Díaz que titula esta nota. Parece un chiste, pero la realidad le da un significado inesperado.
Altai es un tigre que vive en un zoológico en Inglaterra y hace unos días un hombre se metió en su recinto, padeció sus garras y fauces; y murió.
La tragedia abrió un debate: ¿las autoridades debían sacrificar al tigre? Y la decisión fue dejarlo vivir.
El tigre Altai no conoce nuestras normas, no comprende nuestras imprudencias ni distingue entre una provocación y una amenaza. Es una fiera salvaje, no un ciudadano sometido a nuestros códigos morales.
La muerte de un ser humano es una tragedia y las autoridades inglesas investigarán lo sucedido.
Y seguramente también el zoológico revisará las medidas de seguridad para evitar que esta desventura se repita.
Pero pretender convertir al animal en culpable y condenarlo a muerte no sería justicia.
Existe sin embargo una lección que trasciende los muros de aquel zoológico allende los mares: el sentido común invita a reconocer límites y medir las consecuencias de nuestros actos.
En muchas ocasiones la arrogancia nos hace creer que podemos torear cualquier peligro, desafiar cualquier fuerza y salir indemnes.
Algunos estólidos confunden la audacia con imprudencia y terminan descubriendo, demasiado tarde, que no todo aquello que provocan está dispuesto a jugar con nuestras reglas.
No será un refrán antiguo pero la advertencia conserva toda su vigencia: si molestas a un tigre, recuerda que no es un lindo gatito.
Aplaudo que Altai quedó vivo. Y la moraleja que les dejo es sencilla: si quieres que te coma el tigre, no te quejes después de los colmillos.
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