La sociedad colombiana permanece adormecida con anestesia automedicada, porque le permite sobrellevar las angustias causadas por la eterna violencia, y entonces desatiende las manifestaciones que esta exterioriza a través de las redes sociales.
Es sumamente contradictorio que en un país en el que la gran mayoría dice profesar la religión católica o alguna ramificación cristiana, se favorezcan el vocabulario ramplón y las amenazas fatales por figurines quienes buscan los 15 segundos de fama que un acto terrorista les puede proveer.
Aún es más absurdo que muchos auspicien las intimidaciones verbales o coadyuven con epítetos vulgares cuando pretenden ser ciudadanos civilizados y no trogloditas provistos de desarrollos tecnológicos.
Redes como Tuiter y Facebook son el escenario para atacar con atrocidad a quienes exponen opiniones, ideas, sátiras o imágenes humorísticas contrarias a los hacedores del terror.
Ahora, el respeto debe darse de derecha a izquierda o viceversa y aclaro que no se trata de minimizar el poder de los insultos y ultimatums o de magnificar las provocaciones e intimidaciones del grupo políticamente contrario, porque lo que realmente está en juego es el debate de propuestas para ennoblecer la política, mas no el prejuicio y el ejercicio de los agravios personales.
La verdadera paz en Colombia comenzará cuando la sociedad comprenda que necesitamos desarmar los corazones y flexibilizar el razonamiento siempre ajeno a comportamientos emotivos, para proceder en la búsqueda de acuerdos fundamentales que conduzcan a solucionar los problemas básicos y garanticen un vivir con dignidad.
Solo hasta ese día resultará posible hablar de verdaderos gestos de reconciliación y entonces deberemos someternos a un proceso de catarsis total.
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