Teletrabajo escolar

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Nieves, según una caricatura de Consuelo Lago, al conversar virtualmente con Héctor, se queja: “A tu computador le falta mucha expresión corporal”. El humor de la simpática negrita nos explica el porqué de las actitudes de mero fisgoneo de los apáticos muchachos durante las clases virtuales. El covid-19 nos cogió a todos con “los cuadernos abajo”, nos sacudió y seguimos estupefactos en confinamiento, ahogados entre la virtualidad. De la noche a la mañana, por circunstancias de confinamiento, contra nuestras voluntades fuimos encargados de teletrabajo. Los docentes, del recinto del saber saltaron a la casa, y del escenario junto al tablero, al espacio virtual viendo que en sus clases los niños van apareciendo como salidos de latitudes desconocidas. Maestros y estudiantes ya no interactúan personalmente, todos miran y le hablan a la fría pantalla desde sus esquinas.

A los maestros les dificulta reconocer quiénes participan, porque están más atentos de los micrófonos que se encienden con los cuchicheos o cuando los vendedores vociferan en la calle. Las posturas de inmovilidad soportan mirar fijamente la fastidiosa superficie, es estresante y, maestros con alumnos, inhiben sus cotidianidades familiares tratando de evitar los registros de cámara en las clases virtuales.

Algunos docentes sobrecargan de obligaciones escolares a sus alumnos porque inconscientemente quieren blindarse de murmuraciones sobre su labor desde la virtualidad. Los niños asumen los extenuantes talleres porque sienten culpabilidad por su inasistencia a la escuela. Los maestros admiten trabajo, encuestas y reuniones virtuales, para que no vayan a confundirlos con burócratas enseñados a hacer nada. Teletrabajo, sin buena conectividad estudiantil. No cabe ningún rumor mezquino.

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