Teclado, grasa y celos

Rodrigo Fernández Chois

Bendita evolución… se requieren miles de años para seguir su esquela; el tiempo humano brizna de polvo es. Razón tubo Darwin de negarse a que Marx le dedicara su obra. Pero es también la explicación por la que existen cosas que por más que hayamos evolucionado natural y artificialmente, jamás cambian. Los teclados, la grasa acumulada en nuestra cintura y los celos son tres de las muchas que existen. Veamos las tres hipótesis que como tales permiten réplica.

La disposición QWERTY de los teclados, nombre derivado de las seis primeras teclas de la primera fila de letras de todo teclado nace con las primeras máquinas de escribir. Este orden permitía que los brazos que imprimían las letras sobre el papel no tropezasen entre sí. Sin embargo, en la era digital donde ya no se requieren brazos y sí hay distribuciones de teclados más eficientes, el QWERTY es rey.

La grasa de nuestras cinturas, un almacenamiento valioso en la era de los cazadores de mamuts que tan sólo comían cuando la caza era buena, deja de ser un tesoro en la era moderna. ¡Pero la grasa se quedó ahí!

Por último, los sublimes celos. No ha trascurrido mucho tiempo desde que nuestra especie separó el sexo procreativo del recreativo, pero nuestros cerebros no asimilan este cambio. El temor inconsciente de los machos de terminar sacrificándose por genes que no son los suyos y el de las hembras que imaginan perder a su pareja y que termine invirtiendo tiempo y recursos en engendros ajenos dan pie a que nuestro primitivo y biológico inconsciente accione los prehistóricos celos. ¡El celoso nunca tendrá reposo!

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