Super reconocedores

Rodrigo Fernández Chois

Hay talentos admirables, y uno particular que no solo elogio. ¡Lo envidio! Se trata de la increíble -para mí- memoria facial que algunos amigos poseen. Tengo memoria numérica e incluso para simples hechos cotidianos, pero en el caso de los rostros, soy fatal. No quiero ni imaginar lo tortuosa que habría sido mi existencia si viviera en el Lejano Oriente, tierra de la que son originarios algunos de mis ancestros y en donde los rostros ojirazgados no son muy diferentes los unos de los otros.

Sin embargo, y Dios gracias, la falta de memoria facial que me acompaña dista mucho de un mal conocido como prosopagnosía, enfermedad que consiste en la imposibilidad de reconocer rostros, incluso hasta el propio en el espejo. Sólo imaginar que existan persona interactuando con otras de las que sólo puede ver óvalos lisos en lugar de caras es fantasmal. Cuando me enteré de la existencia de esta malsana rareza inmediatamente tuve la idea de que debía existir una condición diametralmente opuesta.

Algo así como en la famosa película “El Protegido”, en la que un sujeto alienado por los cómics cree firmemente en un equilibrio universal que hace que, si él posee huesos frágiles, también debe existir un ser contrario: un hombre casi que indestructible. Y sí, algo parecido ocurre en el caso de la memoria facial.

Tal como existen los enfermos de prosopagnosia viven los llamados súper reconocedores, término científico bastante nuevo. Individuos que asombran por esta habilidad sobrehumana que supera cualquier algoritmo digital de reconocimiento facial. Sujetos muy valiosos en materia de lucha criminal y anti terrorista moderna. Si existe un súperpoder humano que envidio, es este.

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