Rodrigo F. Chois

Sombría revelación

Rodrigo F. Chois

Fue a finales de los setenta cuando mi padre solía llevarme a mi hermana y a mí al teatro Arlequín de Bogotá para ver proyecciones ya consideradas notables en ese entonces.

Fue en aquel modesto teatro donde vi por primera vez la película clásica “El planeta de los simios” de 1968. Estas reminiscencias son a propósito de la cuarta entrega de la saga “Kingdom of the Planet of the Apes”, que junto con sus tres antecesoras constituye una gran precuela de la película del 68.

En medio de la oscuridad, aferrado a la no tan cómoda silla del teatro, seguí con atención infantil todos los pasos del astronauta George Taylor, interpretado por Charlton Heston, mientras padecía en ese absurdo planeta dominado por unos simios bastante inteligentes y llenos de prejuicios hacia una especie inferior representada por unos humanos sin capacidad de habla.

Luego contemplé con asombro el beso entre la simia y el astronauta, un beso que perfectamente podría tener la misma trascendencia simbólica que tuvo el beso entre el capitán Kirk y la teniente Uhura de la serie “Star Trek”; ambos besos de 1968, siendo el último revolucionario por ser el primer beso interracial televisado y darse en el contexto de los derechos civiles y la tensión racial en Estados Unidos.

Pero lo que me marcaría para siempre sería la escena final de la película. Taylor, arrodillado ante la imagen de una Estatua de la Libertad enterrada en la arena.

En ese momento, mi mente infantil descubrió que no se trataba de otro planeta sino de la Tierra desolada, con la conclusión del estúpido carácter autodestructivo de nuestra especie.

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