Es el tema ineludible, una cuestión desagradable, horrorosa y lamentable: la incursión armada del grupo terrorista Hamas en territorio israelí.
Es un acto grave que condeno enfáticamente en mi columna de opinión.
Mi condena no se basa en la etnia o la religión de las víctimas o sus perpetuadores, sino en que el ataque perpetrado fue un acto cobarde en el sentido más estricto de la palabra.
Hombres armados hasta los dientes atacando, asesinando y mutilando a una población indefensa y desarmada, a mujeres, a niños, a ancianos; un acto de violencia donde la falta de honor y de valentía es evidente, ya que, en lugar de enfrentar a sus iguales en poder y armas, estos agresores optaron por hacer daño a los más débiles y vulnerables, lo que demuestra una debilidad moral despreciable.
Este grupo terrorista y sus cruentos actos de barbarie como la decapitación de bebés, la violación de mujeres, la exhibición de sus cuerpos mutilados como trofeos de guerra y el uso de niños enjaulados como escudos humanos, demuestran una falta de coraje y ausencia de total humanidad.
¿Existe algún honor o grandeza en atacar a quienes no pueden defenderse y están claramente en desventaja? ¿Puede haber dignidad en esconderse entre sus compatriotas inocentes, utilizándolos como escudos humanos para evitar la represalia que, en justicia, merecen?
Toda la sociedad consiente debe unirse contra esta cobardía y condenar estos aberrantes hechos.
Si bien Israel tiene el legítimo derecho a actuar en defensa, quiera el Dios de Jacob que el daño colateral en inocentes no se asemeje al vil, bárbaro y cobarde acto de Hamas que enérgicamente repudio hoy.
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