Nuevamente llega diciembre. Mes donde se atiborran los semáforos de mujeres rodeadas de niños acercándose a los carros a solicitar “una ayudita” o “el regalo de navidad”, algunos más osados dicen “la prima, patrón”.
Lo que asombra es la quietud insensible de entidades del Estado que deben estar atentos de la infancia y la adolescencia. Es imposible que no los observen porque están en cualquier semáforo, por no decir todos.
Y son niños como enjambres los que rodean los carros y salen felices con una bolsa de papas que les obsequien o cualquier moneda, que los conduce, inevitablemente, a la mendicidad.
Hay campañas permanentes de protección a la infancia, hay presupuestos abultados para ello; hay, incluso, procuradores para la protección de la infancia, como también defensores de menores.
Pero al parecer, la burocracia se queda corta o es miope.
A este panorama hay que adicionarle un mal que cada día se edematiza más en Colombia como es el desplazamiento de Venezolanos, que huyen del régimen Castro-Chavista y llegan a estas tierras a generar más cinturones de miseria.
Triste observar entonces que diciembre sea sinónimo de mendicidad, de pobreza, de niños utilizados como mercancías y mujeres no hacen sino esperar a que ellos les traigan, obligados, lo que de los carros les dan, mientras la autoridad por ningún lado.
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