En la Renovación Curricular que emprendió hace cuatro décadas el Ministerio de Educación, le preguntábamos a los docentes si necesitaban capacitación y si contaban con lo mínimo: altoparlante, grabadora, fotocopiadora y televisor. Si el tablero de acrílico con uso de marcador había relevado la pizarra para tiza.
Fundamentado en la investigación liderada por Lizardo Carvajal, en que participé, afirmé que “en la capital de la rumba la educación pública se derrumba”. En ese entonces los colegios preparaban para emprender carreras universitarias. Los docentes demostraron su apostolado con la pedagogía discursiva. La cultura era libresca, las comunicaciones incipientes, la tecnología aún no se disparaba, imperaba un Estado Social asistencial y había una guerra fría entre el capitalismo y el socialismo.
Por eso podían cambiar el sistema educativo sin la inversión presupuestal del Estado. Pero la realidad actual es muy distinta y lo demuestran los retos a que nos somete la pandemia, por ejemplo, de implementar la educación virtual. Si para afrontar el confinamiento obligatorio, el Ministerio de Educación propone el teletrabajo, se requiere investigar: ¿Qué cobertura de internet hay entre las familias? ¿Cuál es la disponibilidad de plataformas propias en los establecimientos y de dotación personalizada de computadores? ¿Cómo ofrecen el servicio colectivo de zonas WiFi y los estudiantes estarán capacitados para el salto de la academia presencial a la virtual mediante reuniones en zoom? Hace cuatro décadas la falta de recursos no era óbice para educar.
Hoy, sin asumir los retos que impone la pandemia, sin tecnología después de aplanarse la curva, la educación puede quedar sin montarse en el bus.
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