Terminó el proceso electoral. Asunto largo, desgastante y de mucha confrontación en las redes sociales.
Por fortuna tengo la tranquilidad de que ganó el candidato de mis afectos y simpatías… creo que podremos disfrutar de cuatro años de tranquilidad sin que el Socialismo del Siglo XXI incube y haga metástasis en el poder.
Sin embargo, las cifras de votación alcanzadas el pasado domingo llaman la atención y son una alerta de que algo está sucediendo.
El nuevo gobierno no puede ser indiferente a este hecho si de verdad quiere dejar huella y ejecutar las grandes transformaciones que necesita el país.
Fueron diez millones de votos por un lado y ocho millones por el otro que dan fe de una preocupante polarización.
Sin lugar a dudas, tratar este asunto será una de las prioridades del nuevo presidente. Y así lo hizo saber en su discurso de inclusión.
Escuché un raudal de calificativos despectivos de parte y parte durante la campaña. Descalificaciones que de una u otra forma tienen su haber en circunstancias no del todo imaginarias.
Muchos amigos formaron parte del grupo de los ocho millones de votantes y puedo dar fe de que no son perezosos, drogadictos, atenidos, ñeros o cosa alguna que se parezca.
Por el contrario, son personas -cada quien en su campo- que me producen profundo respeto y admiración.
Por esta razón, les doy la razón: sí existen problemas muy graves en nuestro país que orbitan principalmente en dos focos: corrupción, y como consecuencia de este mal, desigualdad y falta de oportunidades.
Problemas que deberán ser remediados sin importar cuál sea nuestro credo o simpatía política.
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